Lamento por la laguna

Un lecho de sal blancuzca se extiende entre el silencio. Unas barcas pintadas de esperanza descansan en una playa lunar. Es  mediodía. Las libélulas escondidas en su mundo de hadas hacen solitarios. No hay juncos donde posar sus zapatos de seda y los mosquitos volaron al Mediterráneo a buscar pieles bronceadas e infancias jugando con la arena. Sigo las huellas de un ánade fantasma y llego hasta donde mis pies se hunden en su lecho de barros curativos. Si quisiera, podría cubrir mi cuerpo del luto escondido bajo su manto blanco, sudario de sal que envuelve este dolor callado. El de los que fuímos bautizados para pertenecer, por siempre, a esta Mancha cuya playa sirvió a la felicidad de muchos tiempos. No lloraré, lo hice hace tanto que hoy solo me queda implorar a la madre tierra, al sol, al agua, a los vientos que se lleven volando los malos agüeros. Ay mi laguna, tan bella y tan triste, arrastrando su sed hasta nuestras secas almas,  ahí sigue alimentando nuevas especies, porque no se rinde y sigue viva en su deshidratada existencia. Ay mi laguna. 

Las cosas que me gustan del verano

Me gustan las tormentas, las tardes en casa, las horas en silencio. Me gusta cuando no tienes que ir a ningún sitio porque el calor te tiene prisionera y puedes quedarte a solas contigo. Corre tanto la vida por las calles, es tanto el trasiego de maletas, tantos actos, tantas compras, tanto ruido, tanto tanto que, me gustan las noches en el patio contemplando constelaciones, cenar a la luz de unas velas y leer en la cama hasta que me venza el sueño y luego, si acaso, despertar a la zozobra de un mundo que se ha vuelto loco y enloquecer también, pero eso si, a mi manera.
Y la música, esa siempre la busco en mi corazón.

Al otro lado

Vivo en un espacio casi mágico donde la luna juega con el agua, las cintas de colores se alían con el barro para que el viento las mueva. Cada tarde nado en el fondo de mis sueños, despierto con los pies cubiertos de la arena del crepúsculo. Me siento sobre sedas azules y bebo el jugo de los limones dulces del sosiego. Cuando viajo a través de las páginas del libro que sostengo y siento toda esta paz que adorna estas tardes del verano siento que rozo la felicidad, pero no es cierto. No, porque tengo un vecino que cuando adivina que estoy aquí, al otro lado de la pared que me separa de su inútil trajín, enciende el tractor y me da "humaza". Pone en marcha esa máquina que no va a ningún lado y comienza su melodía durante horas, cargada de gasoil y de porrazos. Cuatro horas, dos horas, una hora sin moverlo del corral. ¡Socorro! Una pena que no sea de verdad una bruja porque ... Abracadabra.

Planes

Preparas un bote de pintura, brochas, fregona. Te disfrazas con la ropa más vieja a fin de no mancharte. Raspas, barres y a ello. Eres estupenda, te vas a sentir tan bien cuando contemples como  con unos buenos brochazos ya tienes tu garaje inmaculado. Solo tenías que abandonar esa desidia vacacional, esa pereza y cumplir con lo que te habías programado, en vacaciones pintar. Pero, de repente, compruebas que de la brocha te ha nacido una tormenta de pájaros verdes que vuelan hacia una luna que ha caído del cielo en un bosque de árboles azules. ¿Toda la mañana perdida? 
Es lo que tienen los planes del verano, van por libre y a mi esto del cálido verano me va.  Como la vida, a veces necesita darle alas y que vuele.

                    

Trabajos de esclavos

Necesito ponerle voz a los gritos silentes de los nuevos esclavos. Denunciar las cuerdas que los atan a contratos humillantes. Escribir en pancartas un eslogan que revele la infamia de la explotación que callan, que se traga la lengua y con ellas las palabras. Necesito cantar con miles de guitarras que el pueblo está sumido en falsas esperanzas, trabajo por miseria.  Denunciar que aún hay capataces y señores que viven porque otros callan y que mientras yo misma bien vivo, muchos más siguen humillados, indefensos y sin nadie que les ayude a romper sus ataduras. 
Tantas leyes para no cumplir la ley.

Nació la luz

Nació la luz y desaparecieron las palabras. El mundo se volvió algodón, las pisadas seda y, aun así, dejaban huellas, un sendero de estrellas de ganchillo tejido por las  eternas manos de mis abuelas.
Cuando nació la luz, las palabras huyeron, se escondieron en las grietas de mi piel escuchando atentas los susurros de los caminantes que pretendían alcanzar la luz, mi luz. Así, una a una, pisada a pisada se fueron cosiendo hasta formar un manto de colores que se elevó cubriendo el firmamento.
Se hizo un silencio de siglos mientras todas las manos de mis antepasados agitaban el toldo de estrellas hasta hacer llover versos. Versos libres. Tocaba recogerlos ahora uno a uno bajo una luz cegadora y con el rostro sumido en un mar de tinta, poco a poco, se escribió el poema.
Vuelta a la realidad, recuperé la voz. No. No fue un sueño.
Nació la luz para dejarme sin palabras.

El olor de la vida


Ayer olia a la plaza de mi infancia. A los árboles que nos daban juegos con hojas de gallo o gallina. A los coyotes que no eran animales y salían de neveras bajo el kiosko de la música. Olía a gente que paseaba arriba y abajo durante tres horas, en 20 metros o menos, cuando los fines de semana solo eran tardes de domingo. Olia a grupos de amigas que reían en los bancos de una iglesia ocupada por mujeres de negro susurrando oraciones, a un pueblo con sillas en las aceras y más mujeres de negro sentadas a las puertas de casas enjalbegadas por donde escapaba el frescor de los zaguanes hacia los cuarenta grados a la sombra. Mujeres que eran viejas siendo jóvenes. Ayer olía a anochecido, cuando a lo lejos se escuchaba la voz de un hombre cantando flamenco por sendas de luces amarillas que lo devolvían a su hogar, llevaba un pañuelo de hierbas en la cabeza y una hoz en la mano, volvía a su casa contento aunque estaba muerto.
No era mejor aquel tiempo, pero también fue mi tiempo. Un espacio pequeño de aquella vida tan surrealista como comerse un coyote o jugar a adivinar géneros escurriendo las hojas en las manos mientras los novios se robaban besos bajo las cortinas y la fruta se descolgaba en las profundidades de los pozos.