Con el aire del abanico

 


He comprobado que hay más motivos de felicidad bajo la enredadera por la que pululan las avispas que intentando poner una sombrilla en la playa. Hago magia con la sombra de las manos que acarician las espinas de las rosas y escucho como suena el poder desde la distancia. Todo lo que tengo me es suficiente, solo pido que ahí fuera se rompa la cadencia absurda que precipita al ser humano al odio y que se termine la moda de las malas noticias, la mentira y las opiniones constantes y continuas con la razón vacía de quien no ha leído dos líneas seguidas. 

Me refugio en la poesía y en las hojas de los libros que cultivo, cada vez más silente, cada vez más invisible pero siempre alerta ante los peligros que acechan al otro lado de mi insignificante existencia. Entre la soledad o la indecencia elijo la primera y entre la indiferencia y el compromiso, la segunda. Eso sí, no tomaré más arma que un abanico por eso de dar aire.

Ilusionismos



Ilusiona ver que pueden brotar ramas en troncos de piedra, que corazones de hielo  bombeen amor y cerebros vacíos escriban teoremas. Una ilusa podría creerlo pero cada día la alfombra vegetal por la que caminamos nos demuestra que la naturaleza no se perpetúa con palabras ni con opiniones ni con oposiciones. La vida es la realidad que se pinta de colores según la trata esta condición retorcida que  nos caracteriza. Es tal la incultura, el desconocimiento y la falta de curiosidad que es imposible sobrevivir a la catástrofe que puede surgir en cualquier momento. Somos marionetas con serrín en la cabeza y un traje a medida que disimula nuestra santa estupidez y tan contentos. 

Ojalá encontremos el camino hacia un bosque de sombras, las nuestras, igual ellas son capaces de ver una tierra redonda y en peligro. Por el momento confío en la ciencia, el lugar donde el saber se demuestra con hechos y me sumerjo en las artes donde las ilusiones son pura experiencia.

Cuál es la pregunta




 Como una niña, ha sido al final de la tormenta que he nadado junto a la cara oculta de la luna. He buceado bajo las páginas de un periódico que intentaba verter la sucia tinta de las noticias de tierra firme, no han conseguido teñir el agua cristalina que mis brazadas removían en busca de silencio. Un par de avispas se ahogaban en la oscuridad de las ondas que el impulso de mi cuerpo dibujaba en la superficie. Cómo es posible que unas podamos ver las estrellas y sentir el frescor de la noche y otras busquen razones para sobrevivir bajo las llamas de la muerte que incendian el mismo cielo.

Como una niña sigo sin respuestas y vuelvo al agua por si allí se encuentra la pregunta correcta. 

Fluir placidamente


 Fluir, dejarse llevar por el ciclo del día, desde que aparece el sol entre las cuerdas de la ropa hasta que se oculta por la ventana del cuarto de mi hijo, así es que aprendo a ser entre lo que hay que hacer y lo que elijo hacer. Unas respiraciones conscientes y treinta brazadas, un buen gazpacho y tres abrazos. Después, cuando soy atardecer, una mirada furtiva a los cielos, a las formas de las nubes, saludos a los que permanecen junto a mi, en la inexistencia y una zambullida. Es el momento de ser pez. Siete latidos y la luna se baña conmigo. Como el agua me escapo bajo la tierra que alimenta al rosal amarillo, pétalo o ala de mariposa, ahora. Fluir siguiendo la plácida corriente de mi destino. Duermo siendo río, sin renunciar a desembocar en el mar de las realidades de los sueños o las pesadillas. 

Construirse con tiempo






Comencé a construir mundos, ciudades, casas desde  muy pequeña. De madera entonces y de plástico, cuando sentada en el suelo levantaba lugares ideales, con mis hijos. Yo misma me fui construyendo con materiales propios y otros que se adherian a mi. Procuré hacerme conmigo, aprenderme, verme hasta en los ángulos ciegos del edificio en el que discurría mi existencia. Siempre fui consciente de los fallos y estuve alerta ante las malas hierbas que intentaban brotar entre las baldosas que se iban desconchando con el tiempo. Ahora, cuando comienza el deterioro de la fachada, el interior se viste de colores cálidos, en él se respira serenidad, no importa quien pasa por la calle ni quien se asoma.
Sobrevivo entre paredes de preguntas, palabras que quedan por aprender, rodeada de libros y experiencias. Lo que más me gusta de esta obra es que, tras los desconchones, siguen apareciendo restos de inocencia. 








 

Astenia primaveral


 Extiendo y aliso sábanas azules bordadas por mi madre sobre la cama que me devuelve a una primavera amanecida de sol, sin rastro de nubes. Entre los trinos y el zumbar de la fauna del patio, las plantas se cuelgan de los anhelos de mi alma, se enredan con las inquietudes y se pavonean con sus colores ante el desasosiego de las incertidumbres. Es tiempo de brotes y despertares. La luz descubre los desconchones de las paredes blancas ajadas por los fríos y las lluvias. Respiro, me estiro y en silencio pronuncio un mantra que retumba al compás de mi corazón ¡A pintar! ¡ A pintar! ¡A pintar! 

Los enredos del pensamiento se desvanecen. No hay nada como sentirse artista para cambiar las astenias estacionales y tomar las riendas de la vida. Y digo yo ¿Quién no tiene una brocha y un bote de pintura?

Un cuento de terror

 


Una abuela y su nieto, una casa con dos vecinos en la calle, unas paredes blancas a la sombra de un molino. Con poco, un lugar donde cobijarse, donde aparearse, formar una familia, vivir bajo techo y descansar al llegar la noche. 

Dijeron que estaba escrito en la ley que todos deberían tener una casa, sin lujos con cierto confort, al menos un espacio digno y saludable. Ahora, mientras los molinos giran, no para moler sino para producir energía, las viviendas se convierten en pura especulación y los gobiernos no intervien dejando triturado el derecho y no pocos sueños.

Una abuela cuenta a su nieto el cuento de "La casita de chocolate" en la que vivía una bruja que se quería comer a dos hermanos. El nieto pregunta si la bruja aún existe. Mira al cielo la anciana, suspira y le confiesa que ahora las brujas tienen otro aspecto,  otro nombre, no comen niños, ahora les roban las casas a sus padres y dejan a los niños y a los abuelos en la calle. 

             Pero abuela, ese es un cuento de terror.