Poner en su sitio

Algunos se juegan la vida por las vidas. Otros acaban con las vidas de los que no piensan como ellos. Se defienden los unos y los otros, la pierden sin remedio y para siempre mientras que unos pocos nacen a cubierto de una sombra. La del vencedor. Estos encuentran una vida regalada y subidos a lomos de las ganancias de aquel que las obtuvo, por su situación de privilegio, en vez de callar e ir de puntillas, siguen exigiendo honores que nunca merecieron. No es lo suyo ponerse en el lugar del otro, ni pensar de dónde les llegó la herencia. En sus reivindicaciones les mueve el orgullo y la sangre y no ven que hay otros que siguen en la humillación de una vida robada y una muerte sin descanso.
Mi pregunta es ¿Cómo nadie les dice que siguen viviendo a la sombra de un hombre que a muchos les dejó sin esperanza? ¿Cómo nadie les cuenta la verdad y les invita a devolvernos la justicia, sin condiciones?
Y... afirmo, veo que hay otros que lo que buscan es no dejarnos vivir en paz y nos empujan a la arena. Yo pongo flores en la arena y estrellas de mar en los valles.


Lamento por la laguna

Un lecho de sal blancuzca se extiende entre el silencio. Unas barcas pintadas de esperanza descansan en una playa lunar. Es  mediodía. Las libélulas escondidas en su mundo de hadas hacen solitarios. No hay juncos donde posar sus zapatos de seda y los mosquitos volaron al Mediterráneo a buscar pieles bronceadas e infancias jugando con la arena. Sigo las huellas de un ánade fantasma y llego hasta donde mis pies se hunden en su lecho de barros curativos. Si quisiera, podría cubrir mi cuerpo del luto escondido bajo su manto blanco, sudario de sal que envuelve este dolor callado. El de los que fuímos bautizados para pertenecer, por siempre, a esta Mancha cuya playa sirvió a la felicidad de muchos tiempos. No lloraré, lo hice hace tanto que hoy solo me queda implorar a la madre tierra, al sol, al agua, a los vientos que se lleven volando los malos agüeros. Ay mi laguna, tan bella y tan triste, arrastrando su sed hasta nuestras secas almas,  ahí sigue alimentando nuevas especies, porque no se rinde y sigue viva en su deshidratada existencia. Ay mi laguna. 

Las cosas que me gustan del verano

Me gustan las tormentas, las tardes en casa, las horas en silencio. Me gusta cuando no tienes que ir a ningún sitio porque el calor te tiene prisionera y puedes quedarte a solas contigo. Corre tanto la vida por las calles, es tanto el trasiego de maletas, tantos actos, tantas compras, tanto ruido, tanto tanto que, me gustan las noches en el patio contemplando constelaciones, cenar a la luz de unas velas y leer en la cama hasta que me venza el sueño y luego, si acaso, despertar a la zozobra de un mundo que se ha vuelto loco y enloquecer también, pero eso si, a mi manera.
Y la música, esa siempre la busco en mi corazón.

Planes

Preparas un bote de pintura, brochas, fregona. Te disfrazas con la ropa más vieja a fin de no mancharte. Raspas, barres y a ello. Eres estupenda, te vas a sentir tan bien cuando contemples como  con unos buenos brochazos ya tienes tu garaje inmaculado. Solo tenías que abandonar esa desidia vacacional, esa pereza y cumplir con lo que te habías programado, en vacaciones pintar. Pero, de repente, compruebas que de la brocha te ha nacido una tormenta de pájaros verdes que vuelan hacia una luna que ha caído del cielo en un bosque de árboles azules. ¿Toda la mañana perdida? 
Es lo que tienen los planes del verano, van por libre y a mi esto del cálido verano me va.  Como la vida, a veces necesita darle alas y que vuele.

                    

Trabajos de esclavos

Necesito ponerle voz a los gritos silentes de los nuevos esclavos. Denunciar las cuerdas que los atan a contratos humillantes. Escribir en pancartas un eslogan que revele la infamia de la explotación que callan, que se traga la lengua y con ellas las palabras. Necesito cantar con miles de guitarras que el pueblo está sumido en falsas esperanzas, trabajo por miseria.  Denunciar que aún hay capataces y señores que viven porque otros callan y que mientras yo misma bien vivo, muchos más siguen humillados, indefensos y sin nadie que les ayude a romper sus ataduras. 
Tantas leyes para no cumplir la ley.

Nació la luz

Nació la luz y desaparecieron las palabras. El mundo se volvió algodón, las pisadas seda y, aun así, dejaban huellas, un sendero de estrellas de ganchillo tejido por las  eternas manos de mis abuelas.
Cuando nació la luz, las palabras huyeron, se escondieron en las grietas de mi piel escuchando atentas los susurros de los caminantes que pretendían alcanzar la luz, mi luz. Así, una a una, pisada a pisada se fueron cosiendo hasta formar un manto de colores que se elevó cubriendo el firmamento.
Se hizo un silencio de siglos mientras todas las manos de mis antepasados agitaban el toldo de estrellas hasta hacer llover versos. Versos libres. Tocaba recogerlos ahora uno a uno bajo una luz cegadora y con el rostro sumido en un mar de tinta, poco a poco, se escribió el poema.
Vuelta a la realidad, recuperé la voz. No. No fue un sueño.
Nació la luz para dejarme sin palabras.

El olor de la vida


Ayer olia a la plaza de mi infancia. A los árboles que nos daban juegos con hojas de gallo o gallina. A los coyotes que no eran animales y salían de neveras bajo el kiosko de la música. Olía a gente que paseaba arriba y abajo durante tres horas, en 20 metros o menos, cuando los fines de semana solo eran tardes de domingo. Olia a grupos de amigas que reían en los bancos de una iglesia ocupada por mujeres de negro susurrando oraciones, a un pueblo con sillas en las aceras y más mujeres de negro sentadas a las puertas de casas enjalbegadas por donde escapaba el frescor de los zaguanes hacia los cuarenta grados a la sombra. Mujeres que eran viejas siendo jóvenes. Ayer olia a anochecido, cuando a lo lejos se escuchaba la voz de un hombre cantando flamenco por sendas de luces amarillas que lo devolvían a su hogar, llevaba un pañuelo de hierbas en la cabeza y una oz en la mano, volvía a su casa contento aunque estaba muerto.
No era mejor aquel tiempo, pero también fue mi tiempo. Un espacio pequeño de aquella vida tan surrealista como comerse un coyote o jugar a adivinar géneros escurriendo las hojas en las manos mientras los novios se robaban besos bajo las cortinas y la fruta se descolgaba en las profundidades de los pozos.

Los libros que soy

Durante una semana he quitado el polvo de los libros que guardo en los anaqueles de la biblioteca de mi vida. Tantas lecturas se entremezclan, tantas horas comparten ese espacio, un tanto añejo de sus hojas, que me he sentido casi eterna. He pintado de blanco los estantes que alojan un tiempo de vivencias y viajes, de tardes y de noches. He pasado mis manos sobre ellos dulcemente, acariciando cada palabra, sintiendo cada frase que, aunque no recuerde, fueron mías y de ellos, los libros que guardo y que han escrito mi amor a la lectura, mis ansias de conocimiento, mis veranos e inviernos. Desde el primer cuento que recuerdo hasta el último texto que sostengo estos días entre mis manos, a todos, gracias por abrirme las puertas a tantos universos. Gracias por hacerme habitar en los espacios infinitos del pensamiento. A veces creo que ya soy uno de ellos.

Las mentiras

Lo que más me ofende de la mentira es el desprecio a la inteligencia de los demás. Creer que uno es tan estúpido que se tragará la falacia. Pensar que con su enredo oculta sus intenciones, sean cuales sean, y que el otro se quedará tan tranquilo. No dudo que hay quien consigue engañarnos pero, desde luego, lo frecuente es lo contrario y permanecemos en silencio haciéndonos los inocentes mientras por dentro nos sentimos tremendamente ofendidos por el menosprecio. Claro que también reconozco lo divertido que es ver el ridículo que hacen, siempre y cuando la mentira no nos perjudique, entonces cuidado, yo no me voy a dejar engañar. ¿Y tú?

¡Qué florezcan luciérnagas!

Llegó la primavera con fuerza de verano y con ella los falsos vendedores de futuro, este año multiplicados. Y apareció el ser siniestro bajo su capa de oveja a vender la ambición de una idea que ya solo es pasado y sacó su pezuña para mostrar debajo una garra milenaria.
Llegó la primavera y una alergia a este polen que no da más que gramíneas.
        Ojalá algún día florezcan luciérnagas en las cunetas para alumbrar los caminos de la razón.
Y que llueva, que llueva a cántaros.
Añoro tanto las flores.

Es invierno

He podado los rosales y las enredaderas. Me han arañado las espinas sin flores y algún que otro bicho ha jugado con mi pelo. No había golondrinas ni abejorros. Los tréboles arrasaban con sus verdes los  arriates resecos. Una babosa deshidratada y triste se ha colado entre las ramas que van llenando un saco desde donde viajarán a un destino incierto, aunque yo lo adivino de reencarnación. Es invierno, la vida se agita anunciando una primavera de brotes y colores. Me siento a contemplar el próximo verano que ya se dibuja en las yemas de cada una de estas plantas que me aportan tanta felicidad. Fijaos, tan poco y tan inmenso. Tan pequeño y tan gozoso momento de una tarde cualquiera.

Palabras como piedras

Hoy he oído palabras gruesas, palabras que no revolotean sino que caen como piedras. Salen de la boca a través de un gesto que atraviesa la pantalla de la televisión y me abofetean. Tienen un color gris, son tan opacas que casi se confunden con las tinieblas. Me dan grima, me perturban y más que nada, me asustan.
Qué hay detrás de ellas, a dónde quieren llegar, a qué abismo pretenden hacernos caer.
Me pregunto si les dolerán las gargantas, si la lengua les sabrá a lata, si no les rechinarán los dientes. Esas palabras deben provocarles una erosión enorme en la parte del cerebro donde se formó el mensaje.
He puesto en silencio al mundo. Me niego a escuchar el odio y la ambición del que quiere ganar, a toda costa. Espero que en su caída se queden pegadas al suelo y que no reboten en los egos de la estúlticia porque eso nos haría mucho daño a todos.
Y, ojo, hasta yo debo tener cuidado con las palabras con las que pretendo volar, libre.

Me repito


De lejos llegaron los tejidos de lana, los lápices de colores, el cuaderno satinado. Traían el olor de aquellas tierras, el polvo y el desasosiego. Se apoderaron de la mesa y de mi mano. Sentada frente a ellos me mostraron los pies de los niños en la mina, las manos de las niñas sobre el barro en los alfares de ladrillo y los dedos en los gatillos fríos de las armas que nunca debieron empuñar. Sentí el frío de las noches, el calor de las siestas que no existen y los ojos, los ojos hambrientos de juegos y de cuentos. Los ojos sedientos de un hogar. Los ojos que miran buscando un lápiz y un cuaderno para que alguien un día les escriba otra historia. Una historia más digna. Y siento que otra vez repito la salmodia de los niños y las niñas que no tendrán otra historia que el oprobio y el miedo.
                              

Esperar que te quieran

Es tan absurdo pretender que te quieran, si no te quieren. Tan triste dar y dar y no recibir nada. Es tan duro no significar ni existir cuando de ti vienen y tanto quisiste.Tan duro esperar una llamada. Horas con la oreja puesta en el timbre de la puerta. Tardes enteras a la espera y, en escasas ocasiones, tan solo un cumplido amargo que hiere más que reconforta.
Cuál es la pregunta. Mejor no decir nada y seguir con la mirada perdida en la ventana esperando unos pasos que no llegan porque nunca les fue descubierto el camino ni la dirección donde habita, al menos, la obligación y el respeto a los ancestros a los que tanto debemos. ¿Qué les debemos? Ni mas ni menos que la vida. Poca cosa para los descariñados. Poca cosa la vida para los que desconocen su propio nombre. Poca cosa para las que no merecen cariño de nadie.