Eurovuelo

 Vamos y venimos. Cantamos y bailamos. Ganamos o perdemos. Defraudamos, pagamos. Juzgamos u obviamos. Hay tantas aves en mi patio piando y revoloteando, haciendo nidos donde consideran oportuno, defecando donde a mí me parece horroroso, hay tanto revoloteo que siento que nos vamos pareciendo a ellas aunque enjaulados. Si, una jaula muy grande y con muchos pajareros que nos abren o cierran la puerta y dirigen  los itinerarios. Algunas ruidosas o atolondradas otras, pájaros de altos vuelos muchos que van de pingüino. Y hace calor y pienso si acabaremos siendo dinosaurios porque esta semana parecía que me había despertado en los sesenta. Eurorevuelo. Increíble con la que está volando sobre nuestras plumas y sin parar de piar.

                                                    


Soy la voz que me lee


 Se me confunden las imágenes con todas las palabras que le oí decir, tanto que en ocasiones no estoy segura de si soy una página que escribió un día cualquiera en que pensaba en mi o por el contrario solo soy eso, la ilusión de un pensamiento que tuvo, allá, en esa parte del cerebro que nos hace tan singulares a ti y a mi y quién sabe...a él, un escritor que me creó y me dejó volar por encima del cursor, la tecla o una pluma mojada en tinta milenaria. Y digo yo, qué más da, vivo un tiempo con todas las aventuras de una vida que supera la ficción y me basta con oír el susurro de esa voz que me lee en voz alta. Y es que estoy en cada texto que me devuelve la pantalla. Gracias por leerme. Soy cada uno de los sonidos que suenan en ti.

Acrósticos

 Cada uno de ellos colorea una flor, iluminan así sus memorias y las manos modelan una hora de sus vidas. Ahora viven en la escuela de los últimos años, ahora, ya sin prisa, me retan a poner poesía en cada uno de sus corazones y yo, obediente, me pongo a ello. Residen en las últimas hojas del otoño, tienen el invierno sentado en sus rodillas y ellos y ellas que fueron primaveras me han devuelto al verano eterno de la gratitud. Vivimos porque ellos vivieron, por eso me hago su voz en un cuaderno y  convierto en acrósticos las palabras que brotan de las letras de sus nombres.

       





Despertar a la paz

De rojo nos cubre el cielo, nos entierra en arena el desierto lejano. El viento nos agita y enloquece con su salmodia cansina y es de sangre que el pensamiento se derrama desde la realidad triste de la guerra.
¡Guerra, guerra,  guerra! gritan desde un folio blanco voces mudas que escuchamos a pesar de esta tormenta tan fea. Hay días que parecen pesadillas perturbadoras. Ojalá fuera solo un sueño y nos despertara una lluvia de paz. Tendría que llover hasta acunarnos la cordura.


                                              


 

Días bonitos

 Hay días bonitos, especiales. Días en los que compartir alegrías, para recordar mañana y para traer al recuerdo ayer. Apunta el sol y un revuelo de vestidos y corbatas se van alineando al son de una juventud con miras al futuro. Suenan campanas, pétalos de rosas y arroz se mezclan con los parabienes. Nos toca ahora estar en la fila de atrás, los cachorros saltan a la pista, vino y miel,  música y danza. No nos resistimos y con ellos bailamos sabiendo que es su tiempo y recordando a aquel que no perdonaba un pasodoble, porque hay géneros que nunca mueren aunque lo nuestro siempre fueron otras música. Va por ti, cazador de bondades. Va por ti. Estuviste muy presente querido amigo.



Una de tiros

Miro la tele y veo a un tipo que no  lleva pistola, su arma es la lengua biperina con la que lanza sapos y culebras. Apunta directo a cámara, está bien colocado, la diana frente a él es variada, acertará seguro a más de uno en el corazón. No habrá sangre, espero, pero no importa el daño si consigue salirse con la suya. La maledicencia y la mentira sumada a la desvergüenza suelen atravesar sin problema la piel de quien se muestra dispuesto a recibir ¿qué?
No piensen señores, esperen el tiro a bocajarro del tipo que no duda en hacer fuego por conseguir lo que ambiciona. Ustedes no sé pregunten, confíen en la sabandija y levanten las manos, yo me pongo a cubierto y vuelvo a mis asuntos, me fio poco de los que portan armas entre los dientes.

                                                  



Cuando leamos esto

De la vida cotidiana me gustaría cambiar cosas. Atreverme a llegar, llamar al timbre, entrar para sentarme y tomar un lo que sea. Me haría feliz sentirme acogida, disfrutar un rato o improvisar una cena, sin horas, con la confianza de estar entre amigos, en familia. Igual me daría recibir en casa con la sorpresa por delante al abrir, el abrazo agradecido del que se acerca seguro de ser bien recibido y la ilusión de agasajar al recién llegado. Pero ahora nadie va o viene con esa tranquilidad, todos nos acercamos a la mirilla de la precaución y el miedo, nos quedamos a media distancia y sonreímos con las pestañas. Llegará otro tiempo en el que al leer esto sintamos la necesidad de compartir una copa y una sonrisa  a cara descubierta.  Espero que no tarde y para entonces ya sabes ¿en tu casa o en la mía?
                                             

 

La mezquindad del mercadeo

Allá en el Oriente de los cuentos tradicionales se vendían y compraban objetos maravillosos. En alfombras voladoras se bordeaban las cimas de las montañas más altas en busca de una lámpara que contuviera un genio. Se concedían deseos a cambio de favores y aquellos que resolvían los enigmas más difíciles conseguían casarse con la hija del rey. Los ladrones acababan encerrados por siglos sin fin y los que no tenían honor siempre eran deborados por algún monstruo. Hoy uno se vende así mismo con tal de permanecer en el  cuento. Hoy la mezquindad se pasea desnuda por las calles huérfanas de dignidad. Hoy  hay quienes no entienden la diferencia entre cultura y agricultura y creen que todo vale. Sherezade consiguió vivir eternamente sin necesidad de llegar a un acuerdo entre mercaderes.