Construirse con tiempo






Comencé a construir mundos, ciudades, casas desde  muy pequeña. De madera entonces y de plástico, cuando sentada en el suelo levantaba lugares ideales, con mis hijos. Yo misma me fui construyendo con materiales propios y otros que se adherian a mi. Procuré hacerme conmigo, aprenderme, verme hasta en los ángulos ciegos del edificio en el que discurría mi existencia. Siempre fui consciente de los fallos y estuve alerta ante las malas hierbas que intentaban brotar entre las baldosas que se iban desconchando con el tiempo. Ahora, cuando comienza el deterioro de la fachada, el interior se viste de colores cálidos, en él se respira serenidad, no importa quien pasa por la calle ni quien se asoma.
Sobrevivo entre paredes de preguntas, palabras que quedan por aprender, rodeada de libros y experiencias. Lo que más me gusta de esta obra es que, tras los desconchones, siguen apareciendo restos de inocencia. 








 

Astenia primaveral


 Extiendo y aliso sábanas azules bordadas por mi madre sobre la cama que me devuelve a una primavera amanecida de sol, sin rastro de nubes. Entre los trinos y el zumbar de la fauna del patio, las plantas se cuelgan de los anhelos de mi alma, se enredan con las inquietudes y se pavonean con sus colores ante el desasosiego de las incertidumbres. Es tiempo de brotes y despertares. La luz descubre los desconchones de las paredes blancas ajadas por los fríos y las lluvias. Respiro, me estiro y en silencio pronuncio un mantra que retumba al compás de mi corazón ¡A pintar! ¡ A pintar! ¡A pintar! 

Los enredos del pensamiento se desvanecen. No hay nada como sentirse artista para cambiar las astenias estacionales y tomar las riendas de la vida. Y digo yo ¿Quién no tiene una brocha y un bote de pintura?

Un cuento de terror

 


Una abuela y su nieto, una casa con dos vecinos en la calle, unas paredes blancas a la sombra de un molino. Con poco, un lugar donde cobijarse, donde aparearse, formar una familia, vivir bajo techo y descansar al llegar la noche. 

Dijeron que estaba escrito en la ley que todos deberían tener una casa, sin lujos con cierto confort, al menos un espacio digno y saludable. Ahora, mientras los molinos giran, no para moler sino para producir energía, las viviendas se convierten en pura especulación y los gobiernos no intervien dejando triturado el derecho y no pocos sueños.

Una abuela cuenta a su nieto el cuento de "La casita de chocolate" en la que vivía una bruja que se quería comer a dos hermanos. El nieto pregunta si la bruja aún existe. Mira al cielo la anciana, suspira y le confiesa que ahora las brujas tienen otro aspecto,  otro nombre, no comen niños, ahora les roban las casas a sus padres y dejan a los niños y a los abuelos en la calle. 

             Pero abuela, ese es un cuento de terror.