Astenia primaveral


 Extiendo y aliso sábanas azules bordadas por mi madre sobre la cama que me devuelve a una primavera amanecida de sol, sin rastro de nubes. Entre los trinos y el zumbar de la fauna del patio, las plantas se cuelgan de los anhelos de mi alma, se enredan con las inquietudes y se pavonean con sus colores ante el desasosiego de las incertidumbres. Es tiempo de brotes y despertares. La luz descubre los desconchones de las paredes blancas ajadas por los fríos y las lluvias. Respiro, me estiro y en silencio pronuncio un mantra que retumba al compás de mi corazón ¡A pintar! ¡ A pintar! ¡A pintar! 

Los enredos del pensamiento se desvanecen. No hay nada como sentirse artista para cambiar las astenias estacionales y tomar las riendas de la vida. Y digo yo ¿Quién no tiene una brocha y un bote de pintura?

Un cuento de terror

 


Una abuela y su nieto, una casa con dos vecinos en la calle, unas paredes blancas a la sombra de un molino. Con poco, un lugar donde cobijarse, donde aparearse, formar una familia, vivir bajo techo y descansar al llegar la noche. 

Dijeron que estaba escrito en la ley que todos deberían tener una casa, sin lujos con cierto confort, al menos un espacio digno y saludable. Ahora, mientras los molinos giran, no para moler sino para producir energía, las viviendas se convierten en pura especulación y los gobiernos no intervien dejando triturado el derecho y no pocos sueños.

Una abuela cuenta a su nieto el cuento de "La casita de chocolate" en la que vivía una bruja que se quería comer a dos hermanos. El nieto pregunta si la bruja aún existe. Mira al cielo la anciana, suspira y le confiesa que ahora las brujas tienen otro aspecto,  otro nombre, no comen niños, ahora les roban las casas a sus padres y dejan a los niños y a los abuelos en la calle. 

             Pero abuela, ese es un cuento de terror.