Extiendo y aliso sábanas azules bordadas por mi madre sobre la cama que me devuelve a una primavera amanecida de sol, sin rastro de nubes. Entre los trinos y el zumbar de la fauna del patio, las plantas se cuelgan de los anhelos de mi alma, se enredan con las inquietudes y se pavonean con sus colores ante el desasosiego de las incertidumbres. Es tiempo de brotes y despertares. La luz descubre los desconchones de las paredes blancas ajadas por los fríos y las lluvias. Respiro, me estiro y en silencio pronuncio un mantra que retumba al compás de mi corazón ¡A pintar! ¡ A pintar! ¡A pintar!
Los enredos del pensamiento se desvanecen. No hay nada como sentirse artista para cambiar las astenias estacionales y tomar las riendas de la vida. Y digo yo ¿Quién no tiene una brocha y un bote de pintura?

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