Fluir, dejarse llevar por el ciclo del día, desde que aparece el sol entre las cuerdas de la ropa hasta que se oculta por la ventana del cuarto de mi hijo, así es que aprendo a ser entre lo que hay que hacer y lo que elijo hacer. Unas respiraciones conscientes y treinta brazadas, un buen gazpacho y tres abrazos. Después, cuando soy atardecer, una mirada furtiva a los cielos, a las formas de las nubes, saludos a los que permanecen junto a mi, en la inexistencia y una zambullida. Es el momento de ser pez. Siete latidos y la luna se baña conmigo. Como el agua me escapo bajo la tierra que alimenta al rosal amarillo, pétalo o ala de mariposa, ahora. Fluir siguiendo la plácida corriente de mi destino. Duermo siendo río, sin renunciar a desembocar en el mar de las realidades de los sueños o las pesadillas.
