Ayer

 Ayer queríamos ser hoy y no borrar los días. Hoy quisiera ser ayer, un ayer de un año y cambiar casi todos los hoy que llegaron sin esperarlos. Mañana quiero que pase rápido y cada una de las mañanas hasta que llegue una en la que pueda querer quedarme sin pasar de día. Pero ahora, aunque me empeñe, hiervo en deseos por poner fin a este estado en el que me siento tran extraña de mi, tan lejos de mi, tan fuera de mi. Aunque sé, estoy segura, que ayer será por fin solo un recuerdo y que solo recordaré los buenos. Os esperaré esa mañana que deseo tanto como vosotros para sentirme como soy.


                                       

   




No quiero ser una estrella

Es tan fácil sentirse universo con solo mirar al cielo y ver el abismo cósmico que cubre el manto de estrellas que, si uno quiere, la felicidad que un gato tiene en lo alto del tejado puede ser suya. Y es que la noche, la luna, las estrellas, el cielo, la galaxia, ese infinito que se nos escapa nos absorbe a todos, nos hace unidad, nos reduce a nada y a la totalidad de ser, de pertenecer a un lugar interplanetario, inabarcable. Por ello, no acabo de entender el porqué de la falta de acuerdos, que no se sumen esfuerzos, que no exista una responsabilidad compartida, que tú no pienses en él, en ellas, ni en ti. Qué ganas de gritar a tanta gente que despierte y salga de su egocentrismo. Formamos parte del cosmos, del planeta tierra, somos nación, pueblo, humanidad y a veces animal, menos mal que piedra no somos la mayoría y que al menos nos queda la ilusión de que al llegar cada noche muchos nos sentimos, si no felices, tranquilos, universales. Pero atención, estrella aún no queremos ser, ya sabéis...
                                                    

Disfrutar la vida

He preparado hoy la vida para disfrutarla. Dos camas y un colchón en el suelo, unos libros y cuatro o cinco juegos. Unos muñecos, perfumes, cojines de colores y sábanas bordadas. Los cristales brillantes, las baldosas también. Ni una mota de polvo, todo bien colocado y una lágrima deslizándose silenciosa por mi mejilla. Hace tanto que no pongo la casa a la medida de sus vidas, hace tanto que no reúno en ella presencia y existencia que no cabe más esperanza que la desesperanza vivida para sentir la alegría del reencuentro y de tener a ese niño sentado arrancando la sonrisa a esta vida que he preparado, hoy, para disfrutarla. Sin medida.
     

La noche

Se cuela la noche por el borde de luz de una luna menguante, se hace gigante y, en la vigilia eterna que me acuna, me sorprende entre un sueño sin rumbo y una pesadilla errante. La descubro vestida de galaxias, majestuosa. Sigilosamente adelanto mi cuerpo de algodón. No la temo. Tengo que adentrarme en ella y, agarrada a la cuerda verde de la enredadera donde habitan centenares de avispas, trepo hasta llegar al vértice lunar. De puntillas sobre un cráter consigo asomarme a la rendija cósmica de un lucero y allí están: la casa, el jardín, la ventana, la cama, y sobre ella, yo misma, durmiendo por fin a pesar de la noche.

Manos libres

Me siento a escribir y las manos me llevan a rozar los labios, a rozar el filo de los dientes, a palpar la lengua. De la tecla a la boca y vuelta. De la puerta a la mesa, de la pantalla al zapato. De tu mano a la mía.
Quiero decir y los labios buscan otros labios para pronunciarse frente a ellos, reír a carcajadas o besar sin cortapisas la otra boca jugosa.
Tomo aire y lo guardo en el profundo silencio de mi cuerpo, dentro de los pulmones que lo purifican y de pronto, de pronto, deseo soplar con fuerza sobre los dientes de león de tu pelo de seda.
Será que necesito despertar a la vida corriente, cuando un estornudo tiene gracia y las manos son libres y no necesitan tanto jabón.


Ventana azul

Se abre una ventana azul,
me acerco, miro.
Inclino este cuerpo, que no reconozco
sobre el abismo asilvestrado del patio de la vida,
ahora.
Levanto la mirada al cielo adornado
con nubes blancas de añoranza.
Me estiro a tope,
creo,
rozando el horizonte verde del mañana,
el que sueño despierta, al que aspiro
contigo.
Con cada uno de vosotros.
Ese mañana azul
que llegará,
sin duda.


La cuerda de la esperanza

Nunca sentí la inmensa soledad que la incertidumbre siembra cuando no ves el final de lo que no entiendes, no controlas. Es un agujero tan oscuro y pesado que te atrae hasta el fondo y que casi te dejas llevar, sin oponer resistencia, porque ya no tienes fuerza ni ilusiones ni esperanza.
Nunca creí que los sueños se quedaran atrapados en las redes del miedo, ni que la ansiedad por ver a los míos pasara de ilusión a desasosiego.
Nunca creí que la vida fuera solo hoy, aunque llevará tiempo repitiéndome la importancia del ahora. Nunca pensé que la literatura se convirtiera en realidad y que yo sucumbiera al abismo de esa incertidumbre.
Pero no puedo defraudar a los que creen que soy fuerte, no puedo olvidar lo que tantas veces he dicho, no, no me dejaré caer, me agarraré a la cuerda que me lanzas tú desde el espacio de no vida donde habitas, ahí al otro lado de este hoy que da tanto miedo. Me la pasaré por la cintura y dejaré que tiren de ella los que tanto me aman.