Vivir y vivir

Hay días que amanecen rojos. El reloj enloquece y va de las tres a las nueve o de las siete a la una. No hay tiempo, sólo un espacio infinito. Un torbellino agita tu mundo y por momentos lo cotidiano desaparece en una realidad desconocida y luminosa. No hay quien frene la sonrisa que adorna tu cara ni suspiro que detenga el trepidar del corazón.
Hay un día en tu vida en el que por fin la cabeza está perdida, no hay más razón que la ilusión ni más lógica que la libertad de dejarte llevar.

Ese es el día. No te detengas, sigue las señales. Pase lo que pase estás viva. Mereces vivir. Ese es tu día, vuela con él. Vive.

Quedarse conmigo

Me gusta la poesía. Mi vida es un transcurrir de lecturas. Vivo mis días concretos, pequeños, sin perder un minuto. Salgo de la oscuridad de las sábanas para abrazar la luz que ronda la cocina al amanecer. Transcurren mis horas entre libros y seres humanos que habitan el lugar donde me gano esta vida, eso si, el lugar es mágico, pero no cojo aviones, ni metros. No corro peligros, no negocio, no miento. Y, sin embargo, vuelo, navego, y viajo en el tiempo.
Se muchas cosas y soy consciente, a la vez, de mi ignorancia, por lo que observo y leo. Ya no creo en la humanidad como concepto. Creo en lo bueno que el ser humano es capaz de hacer, por eso sigo leyendo, aprendiendo a desenmascarar al embozado que quiere “quedarse conmigo”. Me gusta la poesía que habita en el silencio. Pero los cuentos, sólo los de erase una vez ...

Un hombre, un camino

Hubo una vez un hombre que caminaba solo en medio de la gente. Nadie notaba su presencia porque todos seguían a otro hombre que gritaba y levantaba las manos hacia el frente. Mientras recorría el camino, viendo la indiferencia de todos, observaba el horizonte, el cielo y el suelo que pisaba. Unos y otros se cruzaban, sobrepasaban su sombra y seguían sin ver a aquel hombre que caminaba entre ellos, ignorado, invisible. Cuando llegaron al final del camino las tinieblas extendieron su manto frío sobre ellos. Todos comenzaron a empujarse, a gritarse, a reclamar un espacio donde por fin descansar, algunos se precipitaron sobre el guía que, para entonces, había enmudecido. Todos, menos el hombre que se había quedado sólo al borde mismo del final del camino. 
En su espacio, separado de los otros, extendió su manto, encendió una linterna y enfocó a aquel grupo de manos y bocas  crispadas, miro al cielo y sonrío. 

Leer

Leer es un aprendizaje largo. A veces nadie acaba por aprenderlo. No termina el  mismo con la comprensión lectora ni con la rapidez y la buena entonación. Leer requiere una gran capacidad de respeto por el que escribe. Tener una mente abierta para ser capaz de captar el mensaje del texto, entero, sin tapujos y, por supuesto, admitirlo sin recortes aunque no te guste. Leer no es pasar la tijera, cambiar palabras o borrar de un plumazo.
Leer es entender la libertad del otro y, más aún, la torpeza propia cuando no has entendido lo que lees.
Si no eres capaz de leer de esa forma, aprende.

De árboles y rostros

Me gusta pintar caras y arboledas, a veces, imposibles. Creo que tiene que ver con lo que me gustaba la vida cuando ésta estaba, también, fuera de casa.
Pero no siempre la vida es de colores y un día lo debí notar y desde entonces mi mano comenzó a pintar caras y más caras a las que yo trazo a placer la comisura de los labios, dirijo la mirada a donde quiero, borro o tiño de azules las zonas más oscuras y pongo sombra donde ya no veo luz.
Paseo libre con mis lápices a través de los bosques. Subo a las copas o desciendo a las raíces de los árboles a esconderme en la humedad y el silencio cada vez que me encuentro con un borrón recorriendo las calles de este mundo de tinta china.
No sé hasta cuando seguiré con esto, pero los reyes me trajeron dos cajas de pinturas.

Verano

No aceptar lo evidente, omitir la culpa porque no hay delito, desdeñar la inteligencia de los que te auparon es, como mínimo, indecente. Pero es verano y necesitamos un descanso, relajar la mente, tomar el sol y coger fuerzas. Transitar por los caminos del pensamiento, de la lucidez. Dejar que la piel se empape de la ternura del amor en las siestas o en las madrugadas festivas. Disfrutar de la vida y olvidarnos de la indecencia por unos días. ¡Vamos! Fortalezcamos el alma para que no nos alcance esta epidemia de indecencia. Se está tan bien sin pensar en ellos.

Mi patio

Y pasó el tiempo y el dolor dio paso al sosiego y donde hubo odio sólo quedó vacío.
Llegaron las tardes tranquilas en las que unos sonreíamos en paz y los otros, aquellos que nos hirieron, reían a carcajadas con la boca muy abierta como queriendo mostrar su triunfo. Bocas de hienas malolientes frente a los dulces labios de quien perdió para ganar su vida. Todo lo cambio por poco, todo por la serenidad de las tardes sentada en mi patio. En silencio.