Tienen las casas viejas el olor de las tormentas, la suerte del silencio y la calma cuando cierras la puerta y el trueno de los recuerdos relampaguea e ilumina un rincón hace tiempo olvidado. Tengo por costumbre retocar las paredes y pintar lunas que crezcan o mengüen para dotar de la inercia de los días la vida que se cuela por las desvencijadas ventanas. Gusto de poner añil en las paredes, colgar pañuelos de seda rojos en las chimeneas por traer el fuego del hogar a las frías sombras, y luego, acurrucarme en el escalón que me lleva a los brazos de ellas, las mujeres que cubrieron de estrellas este singular cielo que se resiste al tiempo tan cerca de la casa donde habito, todavía. Un lugar en peligro de extinción que necesita latidos.
Viajar en el tiempo
He estado en un intermedio de lo que viene siendo lo diario. Vivir en la rutina de los otros, romper sus horas y hacer tuyos sus espacios compartiendo momentos, queriendo disfrutar de cada cosa, las fotos, los recuerdos, la vida de esa persona de la que te separan tantos kilómetros y que desearías tener siempre cerca. No es un viaje cualquiera, es un viaje en el tiempo, el que se llevó esos días felices con todos los que descansan en el mar. Estoy, aún, en ese punto de fuga, aunque ya he vuelto a casa y es porque están en mi las líneas que me llevan a ella y a los demás trazando la perspectiva de las calles con sus empinadas cuestas, el mar, la montaña y el silencio de Torbi, una perrilla escapista que siempre busca un resquicio por donde salir. Viajar en el tiempo es más fácil de lo que pensamos.
Casitas de chocolate
Tengo un lugar donde la noche me acoge y la mañana me abre a la vida. Las paredes cierran la puerta a los miedos protegiendo nuestra intimidad, sea la que sea. Hay pájaros en los tejados, hormigas en el patio y otros bichos indescriptibles. También ellos están en su casa. Y ellos, los sin techo y los otros, los que no pueden comprar y aquellos, los que no pueden forjar la ilusión de un hogar, no tienen casa. Su derechos a tenerla se tuerce y retuerce en un laberinto de intereses y acaba siendo normal lo absurdo. Mientras los lobos ya se han comido los ladrillos del vaciado de las ciudades, los vecinos llegan en maletas viajeras y los trabajadores se alojan en descampados. Ya no se sueña con comprar un bonito dormitorio, ahora se conformarían con bajar algún día las persianas. Ojo, los lobos suelen tener paraísos donde ocultan su chocolate, y no el del loro, el de un cuento de casitas muy productivas.
No tardes no sea que no llegues a ti misma
Se me hizo de noche tan temprano que no llegué ni a ti ni a mi. No pude coger el último tranvía y me quedé sentada en un banco de piedra de una plaza cualquiera de una ciudad sin nombre. Se me hizo tan tarde que no alcancé a conseguir nada de lo que había deseado. Me ocupé de rodear una y otra vez la manzana ajena de una calle, en la que no vivía, que llegué a olvidarme de lo poco que quedaba para alcanzarme aún, a tiempo de ser la que soy y en ella a descubrirte a ti. Y es que nos perdemos tanto en otros ojos, en menesteres que no son ni importantes ni nuestros, que llegamos a no reconocernos ni tan siquiera en el espejo de nuestra memoria.
Diosas de las tormentas
Precisamente hoy, casi al final del día voy a celebrar a mis heroínas, mujeres capaces de luchar en tantas batallas a lo largo de su vida, en ocasiones desde la infancia, que no me resisto hoy a cruzar el límite de las emociones que, cada vez más estoica, me permito. Cultivar la palabra, ser mágica o tierna entregándote a tu tarea es fácil cuando la salud te acompaña. Ellas están dentro de la ola que las lleva a las profundidades o las arrastra a la orilla entre rayos y truenos y es entonces cuando realmente se produce la magia y se cubren con su gorro de hadas, cogen el miedo y lo hacen suyo junto con el dolor y el cansancio, junto con el insomnio y el desvelo y van hacia adelante con todo y con los que estamos al lado. Y son ellas las que nos dejan en las playas contemplando como viven el mundo real con sus insignias de valor, sus banderas de esperanza y sus armas en pie de guerra aunque les falten las fuerzas. Es precisamente hoy que no puedo dejar de abrazarte a ti, a todas y cada una de las que lucháis con esa pequeña célula rebelde que le ha dado por hacerse la interesante. Os cubro de flores diosas de las tormentas.
Tocados
Frente a la puerta que se abría ante nosotros, apareció de nuevo tocada de la altanería de quien se siente tan segura de si, que no ve a nadie. Mostró su deseo, nos apartó y se dirigió a un lugar que no acertamos a adivinar ya que esa puerta no te daba certezas. Si en algún momento pensamos seguirla, fue solo un pensar. Nadie se movió y todos dimos por hecho que no iba a llegar a ningún sitio, craso error. Quedamos sentados en el dintel, apretados y resignados, sabiéndonos vulnerables pero a salvo. Se oyeron disparos, bajo el sombrero portaba un arma, consiguió llegar a punta de pistola, tenía claro su objetivo. Hay quien no se detiene con tal de salirse con la suya. Miramos desde la puerta paralizados y, como otras veces, contemplamos a la soberbia vestirse de rojo.
Transformaciones
Beben los peces agua en los ríos donde las ratas sobreviven cerca de los desagües de alcantarillas que se vacían ajenas al daño que hacen a este planeta. Los peces quisieran ser ratas por salir a la orilla creyéndose quizás a salvo de la contaminación que les ahoga. Las ratas admiran la posibilidad de los otros tan ligeros y versátiles nadando incluso contracorriente. Ilusos ambos sueñan transformaciones convencidos de ciertos poderes mágicos de la luna. Los contemplo desde la altura del escéptico, miro alrededor y compruebo que muchos de nosotros desearíamos no ser tan humanos, tornarnos marcianos por probar si por ahí se respira un aire menos viciado y oscuro. Lo mismo con un par de trompetillas por orejas comenzamos a escucharnos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







