Huir a la carrera

Caen las hojas en este otoño que no acaba de prender.
Los fantasmas atenazan mi corazón, literalmente,
                                                           confundiéndome.
Convierten la placidez de la mañana en mal humor,
en desesperanza.
 Con los años la razón me asalta por momentos,
me fuerza a contemplar un mundo que no entiendo
alejándome de él, no sé, si poco a poco
o huyendo yo, sin más, a la carrera.

No me doy por vencida todavía,
vislumbro, no obstante, la bandera blanca de la rendición.
Casi podría asegurar que no tardaré en pisar un territorio,
un lugar, donde muchos no tendrán cabida.
Me deshago, no sin esfuerzo, de desazón y malos pensamientos
y me siento, en silencio y atenta,
sobre los suelos cubiertos por las palabras
de los que saben decir, y ya no dicen,
esperando ese momento para la paz,
la mía.




Un virus llamado Ganar

 Pensaba la inocencia que el poder nos salvaría  y confiada iba eligiendo. Atónita, cada día, iba descubriendo la metamorfosis de los elegidos. Contemplaba como se  transformaban las ideas en un eslogan, una marca, una imagen. Observa ahora como se pudre y se desdibuja el objetivo fundamental de la llamada DEMOCRACIA, como todos persiguen solo estar y como poco a poco la inocencia trastoca el orden de sus letras y, siguiendo el ejemplo, hace un pacto con otras letras y aparece con otro nombre CONCIENCIA, la que tanto echo yo en falta desde hace mucho en esos que ya no encontraran inocentes sino insurgentes ante tanta desvergüenza. ¿Habrá alguno que merezca nuestra confianza? Con la que tenemos y todos ellos de elecciones. Se necesita una vacuna que mate esa voraz necesidad de ganar.

                                               




Animales

 Cada tarde encuentro en los caminos la soledad encerrada entre rejas. Es una soledad tan triste que dan ganas de hacerle compañía. Relincha y se acerca con esos ojos nobles y preciosos que hablan en una lengua de tiempo que no alcanzo a entender. Tampoco entiendo el objeto de su cautiverio. Es tan triste contemplar cada día su existencia entre suciedad y silencio, algún perro, con suerte, o unas gallinas alrededor.  Animales de tiro sin tirar en una quietud que parece eterna.  Comparo nuestro tiempo de encierro y pienso ¿Quién es el animal? El que no tira o el que no sabe por donde "tirar".



Ahora

 En el momento justo que decidí parar, en el instante que comencé a no esperar, en ese instante volví a la paz. No del todo, hay muchas incertidumbres, pero fluyó la savia renovada y llegó a cada parte de mi naturaleza. Volvieron los colores, las sensaciones y poco a poco desaparecieron los temblores de ese seísmo que desmoronaba hasta la última de mis neuronas. Es ahora, hoy, este instante, lo que venga será mañana y eso será otro día y otra circunstancia y entonces, entonces iré  a por todas otra vez. No hay mayor esperanza que la de no desesperar.  ¿Te apuntas?



Retales

Tengo guardados retales de casi todas las telas que han ido vistiendo mi existencia. A veces confecciono cosas combinando colores, texturas, estampados. Cuando veo esas labores me vienen los recuerdos. No siento nostalgia sino cierto regocijo al revivir las sensaciones felices o incómodas que me producían. Aquel resto de falda, el bolsillo del pijama, la manga de la camisa aquella tan horrible, seguro que para algo han de servir, sonrío y vuelvo a guardar esos trocitos en una bolsa. Unas gotas de colonia para que huelan bien, un lazo de seda como cierre y una certeza. Nuestro presente se viste cada día de nuevo pero en el fondo todos estamos hechos de retales. Abre tu bolsa y cose para ti algo bonito, en el futuro lo agradecerás.  


Aquel mar de mi tierra


 Se movía y sonaba aquel mar de espigas, verde o amarillo y zarandeado por el viento se tumbaba, a veces, hasta que una hoz lo cortaba y desaparecía para bañar de sueños las cámaras donde yacía en el otoño. Durante muchos años esperaba contemplar sus olas de mies al ir concluyendo la primavera, ahogarme en verano con sus efluvios, y si, presumía de un mar de cereal agitándose a los pies del malecón.

Se acabó el mar y con él la ilusión de contemplar las mareas lejos de la costa. Se acabó el mar de trigo o de centeno y con aquellos días se fue perdiendo también la confianza en lo que persiste, la seguridad que confiere la esperanza de volver a ver. Se terminó creer que es posible un mar en plena Mancha igual que se terminó creer que los elegidos están para que broten primaveras. 

Ayer

 Ayer queríamos ser hoy y no borrar los días. Hoy quisiera ser ayer, un ayer de un año y cambiar casi todos los hoy que llegaron sin esperarlos. Mañana quiero que pase rápido y cada una de las mañanas hasta que llegue una en la que pueda querer quedarme sin pasar de día. Pero ahora, aunque me empeñe, hiervo en deseos por poner fin a este estado en el que me siento tran extraña de mi, tan lejos de mi, tan fuera de mi. Aunque sé, estoy segura, que ayer será por fin solo un recuerdo y que solo recordaré los buenos. Os esperaré esa mañana que deseo tanto como vosotros para sentirme como soy.