Comencé a construir mundos, ciudades, casas desde muy pequeña. De madera entonces y de plástico, cuando sentada en el suelo levantaba lugares ideales, con mis hijos. Yo misma me fui construyendo con materiales propios y otros que se adherian a mi. Procuré hacerme conmigo, aprenderme, verme hasta en los ángulos ciegos del edificio en el que discurría mi existencia. Siempre fui consciente de los fallos y estuve alerta ante las malas hierbas que intentaban brotar entre las baldosas que se iban desconchando con el tiempo. Ahora, cuando comienza el deterioro de la fachada, el interior se viste de colores cálidos, en él se respira serenidad, no importa quien pasa por la calle ni quien se asoma.
Sobrevivo entre paredes de preguntas, palabras que quedan por aprender, rodeada de libros y experiencias. Lo que más me gusta de esta obra es que, tras los desconchones, siguen apareciendo restos de inocencia.

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