Un roscón que sabe a amor


 Yo tuve un rey. Llegaba de madrugada trotando sobre un renglón escrito a lápiz. Sufría al subir por las eses temblorosas de los deseos y cuando atravesaba una ñ comprendía que iba en la dirección exacta que lo llevaba hasta mi. 

Hoy, cuando los caminos están sembrados de borrones, aquel rey que yo tuve se ha transformado, por respetar las líneas y puntos suspensivos de las miles de cartas recibidas en papel DIN A4, en una Maga de diversos géneros que se  acerca al límite de una realidad tan oscura como la noche. 

Ahora, desciende por las interrogaciones que iluminan la luz de la razón de una estrella de purpurina, por fin me adivina entre las sábanas, toda ingenuidad, una niña vieja  abrazada a una muñeca de retales de esperanza que sueña con un amanecer de seis de enero.

La Reina Maga deposita uno de los regalos, el que siempre se encuentra, el mejor, único y universal. Sobresale por la lengüeta del zapato, es rojo y calentito, late sin darle cuerda. Si deja uno igual en todos los hogares seguro que el mundo, este roscón de masa madre, sabrá mejor.   

Yo tuve un rey y mañana...


Dos en una vuelan


A ratos y sin proyecto alguno me siento y blandiendo el lápiz doy rienda suelta a la mano que, sin más orden que trazar líneas sobre el papel, ejecuta libremente un rostro tras otro. Cuando repaso los cuadernos descubro, dentro de mi estilo, diferencias en estas mujeres que se empeñan en nacer de mi imaginación. Por qué ellas, por qué diferentes cada año, por qué desde hace tanto tiempo. No hay respuesta, no me pregunto y no rebusco en mi. 
Ahí están formando un mundo propio que brota con naturalidad, casi siempre sin cuerpos, si con rostros mirando hacia fuera o hacia dentro, como yo misma, como quisiera que fuéramos, solidarias y reflexivas, comprometidas e independientes, con luces y sombras, únicas y como todas. Pero reconozco que no lo digo yo, lo dice mi yo, ese que ha aprendido a escabullirse de mi.                                                                                            A ratos también escribo y eso  si lo hago desde la reflexión, la desesperanza o el amor y voy configurando un libro, que jamás publicaré ni pondré a la venta, con la ilusión de que pasen por aquí  y me lean. Y por leída me siento feliz al comprobar que sois muchos los que os asomáis a esta ventana que abro de vez en cuando.

(Todas mis versiones os agradecen todas las lecturas)

                    


 

Soñar y sonar


Suena el  cielo y mira el mirlo mientras construye un lenguaje de altos vuelos allá, sobre la antena enmudecida. Asoma la niña por la barandilla de la niebla, mira como un par de nubes se mueven al son de los trinos y adivinan los sueños que rondan la mañana.  Ha despertado el día y ella regresa a los brazos de su madre, al calor del hogar, ahí donde la luz extiende un sendero por donde caminar segura. Suenan los sueños y los pasos describen los paisajes que algún día la alejarán de las canciones de la infancia. No dejes nunca de soñar niña, no dejará el mirlo el diálogo de plumas que podrá traerte, si estás atenta, a tu auténtico son sin desentonar en tu destino, siempre que las nieblas nublen tus amaneceres.

 

Nos felicitamos


 No es fácil guardar silencio ante tanto ruido de palabras y bombas.
Tampoco cantar glorias ante la bajeza moral de los dioses de barro.
Las campanas no tañen igual al compás de las bombas y
           no hay dulce más amargo que el amasado con miedo
ni discurso, ni acción, ni pensamiento siquiera en cintas  doradas portadas por ángeles. 
No oiremos un coro de infantes, 
                     quién podría cantar 
con los pies descalzos y el corazón helado.
Cómo puede nacer la luz, la ilusión y la esperanza 
ante un mundo arrasado por la mentira,
           el odio,
                  el deshonor.
Y aún así, nos deseamos felices, 
       Y a pesar de ... Pretendemos nacer 
             a un mundo nuevo.

Os deseo un feliz nacimiento a la verdad,
 al menos, la que más se parezca 
    a la inocente pureza de la infancia,
             con la mirada hacia lo más profundo 
                  de vosotros,
    si os queda algo de lo que sois.
 Si nos queda algo de lo que debiéramos ser.

Volver a volar


A dos manos hicimos el dibujo, atento el niño coloreaba el gorro de un hada singular. De vez en cuando levantaba sus ojos azules hacia mi. Escuchaba las instrucciones sobre los rasgos delicados de estos seres alados que surcan las nubes y sueñan con ser brujas. Me  miraba de vez en cuando a través del flequillo que ocultaba un interrogante deseoso de ser pronunciado, pero callaba y volvía a puntear los detalles del vestido.  Después tendremos que dibujar una bruja -dijo- y rozó mi mano para cerciorarse de que seguía allí, a su lado, afilando los lápices.
 Con un hilo dorado le hicimos un velo, pintamos una varita mágica y después de insertar ambos la firma y la fecha, como debe ser, pusimos frente a los dos la obra. Muy serio y feliz la contempló un momento y mirándome fijamente esbozó una sonrisa y preguntó ¿abuela de verdad eres mitad hada y mitad bruja? ...

   Y entonces lo abracé y despegamos.


 

Miedo al miedo.

                                            


Hablamos de la parálisis que sentimos ante la puerta que guarda la justicia, de la desconocida imagen que el espejo nos devuelve, de la sombra que nos persigue ante una mala decisión. Nos asusta lo desconocido y por tanto la muerte,  a mí lo que más miedo me da es de mi misma. Miedo a no estar a la altura, miedo a hacer daño, miedo a no tener corazón ni arrestos. Hemos hablados estos días de fantasmas y de monstruos, los hemos visto tan ufanos sobre las torres de barro del poder de los relatos de terror que nos han mostrado, en este mundo de nadie y de todos. Llevamos unos cuantos capítulos que completarían una nueva antología de literatura fantástica. Muertos Borges, Kafka o Cortazar, entre otros, ya no sé si esta vida es un  cuento o si el cuento es donde vivimos.

Habitar

 


Desde el balcón, acompañada por el sol, las hojas rojas y pardas de la enredadera, un par de higueras salvajes y los tejados de barro y uralita de las casas vecinas, miro hacia dentro inmersa en un silencio intermitente, busco sin buscar y oigo sin querer oír, tan solo pretendo ser espacio, ocupar el momento mágico de la existencia que soy hoy al mediodía aquí. Así, todo seguido.

Un par de caracoles se deslizan por la pared, llevan su casa a cuestas, yo la llevo dentro e intento cuidar de ella sin perturbaciones atmosféricas que rompan ese lugar donde me habito. Una mosca zumba muy cerca, cierro el balcón, el insecto ha desaparecido y libre me vuelvo latido.