Cuál es la pregunta




 Como una niña, ha sido al final de la tormenta que he nadado junto a la cara oculta de la luna. He buceado bajo las páginas de un periódico que intentaba verter la sucia tinta de las noticias de tierra firme, no han conseguido teñir el agua cristalina que mis brazadas removían en busca de silencio. Un par de avispas se ahogaban en la oscuridad de las ondas que el impulso de mi cuerpo dibujaba en la superficie. Cómo es posible que unas podamos ver las estrellas y sentir el frescor de la noche y otras busquen razones para sobrevivir bajo las llamas de la muerte que incendian el mismo cielo.

Como una niña sigo sin respuestas y vuelvo al agua por si allí se encuentra la pregunta correcta. 

Fluir placidamente


 Fluir, dejarse llevar por el ciclo del día, desde que aparece el sol entre las cuerdas de la ropa hasta que se oculta por la ventana del cuarto de mi hijo, así es que aprendo a ser entre lo que hay que hacer y lo que elijo hacer. Unas respiraciones conscientes y treinta brazadas, un buen gazpacho y tres abrazos. Después, cuando soy atardecer, una mirada furtiva a los cielos, a las formas de las nubes, saludos a los que permanecen junto a mi, en la inexistencia y una zambullida. Es el momento de ser pez. Siete latidos y la luna se baña conmigo. Como el agua me escapo bajo la tierra que alimenta al rosal amarillo, pétalo o ala de mariposa, ahora. Fluir siguiendo la plácida corriente de mi destino. Duermo siendo río, sin renunciar a desembocar en el mar de las realidades de los sueños o las pesadillas. 

Construirse con tiempo






Comencé a construir mundos, ciudades, casas desde  muy pequeña. De madera entonces y de plástico, cuando sentada en el suelo levantaba lugares ideales, con mis hijos. Yo misma me fui construyendo con materiales propios y otros que se adherian a mi. Procuré hacerme conmigo, aprenderme, verme hasta en los ángulos ciegos del edificio en el que discurría mi existencia. Siempre fui consciente de los fallos y estuve alerta ante las malas hierbas que intentaban brotar entre las baldosas que se iban desconchando con el tiempo. Ahora, cuando comienza el deterioro de la fachada, el interior se viste de colores cálidos, en él se respira serenidad, no importa quien pasa por la calle ni quien se asoma.
Sobrevivo entre paredes de preguntas, palabras que quedan por aprender, rodeada de libros y experiencias. Lo que más me gusta de esta obra es que, tras los desconchones, siguen apareciendo restos de inocencia. 








 

Astenia primaveral


 Extiendo y aliso sábanas azules bordadas por mi madre sobre la cama que me devuelve a una primavera amanecida de sol, sin rastro de nubes. Entre los trinos y el zumbar de la fauna del patio, las plantas se cuelgan de los anhelos de mi alma, se enredan con las inquietudes y se pavonean con sus colores ante el desasosiego de las incertidumbres. Es tiempo de brotes y despertares. La luz descubre los desconchones de las paredes blancas ajadas por los fríos y las lluvias. Respiro, me estiro y en silencio pronuncio un mantra que retumba al compás de mi corazón ¡A pintar! ¡ A pintar! ¡A pintar! 

Los enredos del pensamiento se desvanecen. No hay nada como sentirse artista para cambiar las astenias estacionales y tomar las riendas de la vida. Y digo yo ¿Quién no tiene una brocha y un bote de pintura?

Un cuento de terror

 


Una abuela y su nieto, una casa con dos vecinos en la calle, unas paredes blancas a la sombra de un molino. Con poco, un lugar donde cobijarse, donde aparearse, formar una familia, vivir bajo techo y descansar al llegar la noche. 

Dijeron que estaba escrito en la ley que todos deberían tener una casa, sin lujos con cierto confort, al menos un espacio digno y saludable. Ahora, mientras los molinos giran, no para moler sino para producir energía, las viviendas se convierten en pura especulación y los gobiernos no intervien dejando triturado el derecho y no pocos sueños.

Una abuela cuenta a su nieto el cuento de "La casita de chocolate" en la que vivía una bruja que se quería comer a dos hermanos. El nieto pregunta si la bruja aún existe. Mira al cielo la anciana, suspira y le confiesa que ahora las brujas tienen otro aspecto,  otro nombre, no comen niños, ahora les roban las casas a sus padres y dejan a los niños y a los abuelos en la calle. 

             Pero abuela, ese es un cuento de terror. 












Danzar sobre las horas

                                                        


Sobre un planeta que gira y gira pasamos de puntillas sin hacer ruido rozando apenas el suelo. Algún taconeo rítmico ciertos días, un par de saltitos certeros de mañana y un rock and roll trasnochado de vez en cuando.  De pronto te das la vuelta y compruebas que la luna no es el verso del poema y el sol ha quemado tu piel. No te salieron alas, no volaste, la música huyó entre el frufrú de las sedas y a tu alrededor se mostró la tierra tal cual. No era ella el mito, eran los hombres la mentira. Ahora soy yo quien gira sobre mi, quien pisa firme y quien se eleva por encima de la vileza de los que no escuchan la melodía. De puntillas subo por las palabras en las que creo y me lanzo al vacío, sin miedo, con el poder que otorga el tiempo. La danza de las horas se llena de pasos, los que quiero dar. No dejaré que nadie me impida dar un "arabesque".





 

No cambiaré de gafas

                                                           
 


 Marzo inicia un nuevo mes y una nueva guerra. Enterramos las alfanjes bajo las bombas de los aspirantes a la paz. Las mujeres que desean liberar sus cabezas lloran la pérdida de unas niñas en la escuela bajo la metralla de los libertadores o bajo los burcas de las leyes de sus gobiernos. La luna alumbra los nidos que las golondrinas se esmeran en reparar para ocuparlos, en  este país que es el alero de mi casa. Yo, una humana de nada, pinta de blanco las paredes antes que los rosales con sus espinas me impidan acercar la brocha chorreando de pintura sanadora. Me siento en el suelo frío y húmedo en silencio y miro alrededor con las gafas de los nadies. No veo bien el  mundo, pero no cambiaré los cristales ni cambiaré unas progresivas por unas smart glasses, total, para lo que hay que ver, eso sí, sabérmelo  me lo sé y da vértigo y mientras una náusea me ahoga, un par de neuronas me conectan a la razón.

¿De qué color es la piel de Dios?

 
                                                         
Cuando parecía que el mundo tendía a ser uno, ese globo que vuela y nos sostiene, un punzón lo pinchó y el arco iris que le servía de puente entre la tierra y las estrellas se deshizo. Cuando celebrábamos la belleza del mestizaje, la riqueza de la fusión de culturas y el placer de degustar otros pucheros, entonces fue que algunas gargantas comenzaron a cantar viejas y rancias canciones, los miedos cerraron las puertas y asomados a las ventanas contemplaron a los hombres grises paseando el odio por las aceras. Cuando todo esto sucedía los tambores iniciaron un concierto atronador por ver si las vibraciones alcanzaban las membranas heladas de los que siempre tienen la posibilidad de devolver la ilusión de la luz a ese mundo, que creíamos de todos y todas y, más que a otros, a aquellos que cantaban ¿De qué color es la piel de Dios?. 
Me pregunto, en este ahora descolorido, si los creyentes reconocen a Dios en los que tantas veces lo nombran desde el poder o en los que representan este par de apuntes cromáticos, por poner un ejemplo.

Un roscón que sabe a amor


 Yo tuve un rey. Llegaba de madrugada trotando sobre un renglón escrito a lápiz. Sufría al subir por las eses temblorosas de los deseos y cuando atravesaba una ñ comprendía que iba en la dirección exacta que lo llevaba hasta mi. 

Hoy, cuando los caminos están sembrados de borrones, aquel rey que yo tuve se ha transformado, por respetar las líneas y puntos suspensivos de las miles de cartas recibidas en papel DIN A4, en una Maga de diversos géneros que se  acerca al límite de una realidad tan oscura como la noche. 

Ahora, desciende por las interrogaciones que iluminan la luz de la razón de una estrella de purpurina, por fin me adivina entre las sábanas, toda ingenuidad, una niña vieja  abrazada a una muñeca de retales de esperanza que sueña con un amanecer de seis de enero.

La Reina Maga deposita uno de los regalos, el que siempre se encuentra, el mejor, único y universal. Sobresale por la lengüeta del zapato, es rojo y calentito, late sin darle cuerda. Si deja uno igual en todos los hogares seguro que el mundo, este roscón de masa madre, sabrá mejor.   

Yo tuve un rey y mañana...


Dos en una vuelan


A ratos y sin proyecto alguno me siento y blandiendo el lápiz doy rienda suelta a la mano que, sin más orden que trazar líneas sobre el papel, ejecuta libremente un rostro tras otro. Cuando repaso los cuadernos descubro, dentro de mi estilo, diferencias en estas mujeres que se empeñan en nacer de mi imaginación. Por qué ellas, por qué diferentes cada año, por qué desde hace tanto tiempo. No hay respuesta, no me pregunto y no rebusco en mi. 
Ahí están formando un mundo propio que brota con naturalidad, casi siempre sin cuerpos, si con rostros mirando hacia fuera o hacia dentro, como yo misma, como quisiera que fuéramos, solidarias y reflexivas, comprometidas e independientes, con luces y sombras, únicas y como todas. Pero reconozco que no lo digo yo, lo dice mi yo, ese que ha aprendido a escabullirse de mi.                                                                                            A ratos también escribo y eso  si lo hago desde la reflexión, la desesperanza o el amor y voy configurando un libro, que jamás publicaré ni pondré a la venta, con la ilusión de que pasen por aquí  y me lean. Y por leída me siento feliz al comprobar que sois muchos los que os asomáis a esta ventana que abro de vez en cuando.

(Todas mis versiones os agradecen todas las lecturas)

                    


 

Soñar y sonar


Suena el  cielo y mira el mirlo mientras construye un lenguaje de altos vuelos allá, sobre la antena enmudecida. Asoma la niña por la barandilla de la niebla, mira como un par de nubes se mueven al son de los trinos y adivinan los sueños que rondan la mañana.  Ha despertado el día y ella regresa a los brazos de su madre, al calor del hogar, ahí donde la luz extiende un sendero por donde caminar segura. Suenan los sueños y los pasos describen los paisajes que algún día la alejarán de las canciones de la infancia. No dejes nunca de soñar niña, no dejará el mirlo el diálogo de plumas que podrá traerte, si estás atenta, a tu auténtico son sin desentonar en tu destino, siempre que las nieblas nublen tus amaneceres.

 

Nos felicitamos


 No es fácil guardar silencio ante tanto ruido de palabras y bombas.
Tampoco cantar glorias ante la bajeza moral de los dioses de barro.
Las campanas no tañen igual al compás de las bombas y
           no hay dulce más amargo que el amasado con miedo
ni discurso, ni acción, ni pensamiento siquiera en cintas  doradas portadas por ángeles. 
No oiremos un coro de infantes, 
                     quién podría cantar 
con los pies descalzos y el corazón helado.
Cómo puede nacer la luz, la ilusión y la esperanza 
ante un mundo arrasado por la mentira,
           el odio,
                  el deshonor.
Y aún así, nos deseamos felices, 
       Y a pesar de ... Pretendemos nacer 
             a un mundo nuevo.

Os deseo un feliz nacimiento a la verdad,
 al menos, la que más se parezca 
    a la inocente pureza de la infancia,
             con la mirada hacia lo más profundo 
                  de vosotros,
    si os queda algo de lo que sois.
 Si nos queda algo de lo que debiéramos ser.

Volver a volar


A dos manos hicimos el dibujo, atento el niño coloreaba el gorro de un hada singular. De vez en cuando levantaba sus ojos azules hacia mi. Escuchaba las instrucciones sobre los rasgos delicados de estos seres alados que surcan las nubes y sueñan con ser brujas. Me  miraba de vez en cuando a través del flequillo que ocultaba un interrogante deseoso de ser pronunciado, pero callaba y volvía a puntear los detalles del vestido.  Después tendremos que dibujar una bruja -dijo- y rozó mi mano para cerciorarse de que seguía allí, a su lado, afilando los lápices.
 Con un hilo dorado le hicimos un velo, pintamos una varita mágica y después de insertar ambos la firma y la fecha, como debe ser, pusimos frente a los dos la obra. Muy serio y feliz la contempló un momento y mirándome fijamente esbozó una sonrisa y preguntó ¿abuela de verdad eres mitad hada y mitad bruja? ...

   Y entonces lo abracé y despegamos.


 

Miedo al miedo.

                                            


Hablamos de la parálisis que sentimos ante la puerta que guarda la justicia, de la desconocida imagen que el espejo nos devuelve, de la sombra que nos persigue ante una mala decisión. Nos asusta lo desconocido y por tanto la muerte,  a mí lo que más miedo me da es de mi misma. Miedo a no estar a la altura, miedo a hacer daño, miedo a no tener corazón ni arrestos. Hemos hablados estos días de fantasmas y de monstruos, los hemos visto tan ufanos sobre las torres de barro del poder de los relatos de terror que nos han mostrado, en este mundo de nadie y de todos. Llevamos unos cuantos capítulos que completarían una nueva antología de literatura fantástica. Muertos Borges, Kafka o Cortazar, entre otros, ya no sé si esta vida es un  cuento o si el cuento es donde vivimos.

Habitar

 


Desde el balcón, acompañada por el sol, las hojas rojas y pardas de la enredadera, un par de higueras salvajes y los tejados de barro y uralita de las casas vecinas, miro hacia dentro inmersa en un silencio intermitente, busco sin buscar y oigo sin querer oír, tan solo pretendo ser espacio, ocupar el momento mágico de la existencia que soy hoy al mediodía aquí. Así, todo seguido.

Un par de caracoles se deslizan por la pared, llevan su casa a cuestas, yo la llevo dentro e intento cuidar de ella sin perturbaciones atmosféricas que rompan ese lugar donde me habito. Una mosca zumba muy cerca, cierro el balcón, el insecto ha desaparecido y libre me vuelvo latido.

Construir la dignidad

                                                                             



En este zoo nunca hubo serpientes tan venenosas como las que aparecen a diario. Se las ve construir un edificio de insultos y falacias con su lengua viperina. La  maldad en la mirada hipnótica me aturde, el hedor de las cloacas por donde asoman me asusta y las murallas que levantan, con la ponzoña de los adjetivos que sostienen sus muros, me convence de una realidad que me avergüenza. Esos reptiles se crecen y mantienen gracias a las babas de los que les aúpan y veneran. Solo la confianza, en lo que pueda quedar de instinto animal entre los humanos que habitan este mundo raro, me ayuda a conciliar el sueño. Ojalá que el viaje a la conciencia a la que nos han llevado los odiseos del siglo veintiuno nos ayuden a iniciar la reconstrucción de la dignidad y la vergüenza, aunque solo sea por no extinguirnos.  


Alfombrar con banderas

 

                                                                            

Me atrevería a decir que ha llegado el otoño y se ha encendido la luz de la esperanza, si se hubiera enfriado el ardor guerrero y el fuego de las ambiciones. Me atrevería a escribir este final de verano sin tristeza, todo lo contrario, con una sonrisa abierta, si contemplara que las banderas han caído y  han alfombrado  los senderos de paz por donde caminar de vuelta al sosiego. Me atrevería a pintar una puerta grande y abierta  por donde entraran y se sentaran a llorar su duelo, sus duelos, los que quedaron vivos después del sofocante trajín de las batallas. Me atrevería, si mañana me trajeran los vientos buenas noticias desde las tierras necesitadas de tanto atrevimiento, pero el viento del este tan solo me permite atreverme a  decir  lo que siento, lo que me duele ahora este presente tan incierto y la pena que me dará si todo sigue igual cuando llegue el invierno, otra vez, congelando la ilusión  de vivir sin la amenaza de la destrucción y petrificando, definitivamente, el corazón de los miserables que no muestran misericordia.  



Me atrevería a decir


                                                                      

 Me atrevería a decir que hoy, ahora mismo, saldrías a la esquina y me estarías esperando. Si no llegara, te irías por no quedarte sin un sitio,  el que siempre tenías. Luego de tres o cuatro giros me verías y sonriendo con tus  ojos de niña,  me abrazarías. Él, ya nervioso, me miraría con el gesto del que se sabe querido y comprendido y, al cabo de unos saludos atropellados y festivos, el chupinazo nos pondría en marcha.                Pero no estabais debajo de los árboles, ni nadie me abrazó. Engullidos por  el gentío y el ruido encontramos un sitio donde comer siguiendo vuestro ejemplo, no entretenerse. 

Me atrevería a decir que ya no es vuestra feria y la mía tampoco, es otra diferente aunque siempre es la misma y me quedarán las noches bailando un pasodoble con él, con los pasos precisos, con las vueltas medidas, con su mano en la mía mientras os mirabais sabiendo que allí estaría mientras sonara la música de vuestra vida. 

Me atrevería a decir que el tiempo se llevó el espacio en una espiral de noches y de días, que entre las nubes, que rompen los fuegos artificiales, unos ojos de luna y sol me contemplan. Me atrevería a decir, mas no me atrevo, aunque podría atreverme a decir que aquí estoy y allí estuvimos.

 

Nietos

        
                                                             

Llegan los esperados días, la ilusión de recibir y todo un  torrente de vida se desparrama por la casa. No hay frontera que impida pasar sin peinarse ni acicalarse (nunca mejor dicho) al salón de nuestros solitarios días y nosotros nos convertimos en contorsionistas y bailarines, sin dolores ni sentido del ridículo. Cazar lagartijas, recorrer a oscuras un patio en la noche. Volteretas en el agua y abrazos de sol. Risas y mocos. Los pucheros a tope. Muchos cuentos, dibujos, relíos. Un bebé sonriendo sin pudor. La intensidad del amor repartido al por mayor. Y cuando acaba ¡por dios que descansas! pero qué felicidad detener el tiempo y tenerlos con nosotros, compartir esa algarabía, las miradas cómplices, los achuchones. Encontrar un pollito entre los manteles, días después, nos hará sonreír o soltar una lágrima. No sería ya verano sin ellos y es que hasta las lagartijas se ponen tristes, no tienen de quién huir, ya no están los rubios amenazando con sus manos, volaron en su cohete a otra galaxia.















Bosta de vaca



 
 Hemos subido a lo alto de lo muy alto siguiendo un sendero sinuoso, vegetal, hermoso. Los helechos, una alfombra para cubrir las raíces de un bosque inmenso, vivo. En la cima el olor a bosta de vaca nos han mantenido alerta para no pisarlas y de alguna manera restaban valor al paisaje. Sin embargo, alejados de los incendios, en plena naturaleza nos damos cuenta de nuestra  condición egoista y depredadora. Culpamos las emisiones de metano de las vacas y sometemos a nuestros caprichos valles, montes y ríos. Aquí hoy el fuego es una amenaza posible, los invasores reales evitamos y nos quejamos de las inmundicias de unos animales que pastan y protegen el suelo mientras aguantamos la basura que nos echan encima los intereses creados por los iguales. Humanamente repugnantes.