Es invierno

He podado los rosales y las enredaderas. Me han arañado las espinas sin flores y algún que otro bicho ha jugado con mi pelo. No había golondrinas ni abejorros. Los tréboles arrasaban con sus verdes los  arriates resecos. Una babosa deshidratada y triste se ha colado entre las ramas que van llenando un saco desde donde viajarán a un destino incierto, aunque yo lo adivino de reencarnación. Es invierno, la vida se agita anunciando una primavera de brotes y colores. Me siento a contemplar el próximo verano que ya se dibuja en las yemas de cada una de estas plantas que me aportan tanta felicidad. Fijaos, tan poco y tan inmenso. Tan pequeño y tan gozoso momento de una tarde cualquiera.

Palabras como piedras

Hoy he oído palabras gruesas, palabras que no revolotean sino que caen como piedras. Salen de la boca a través de un gesto que atraviesa la pantalla de la televisión y me abofetean. Tienen un color gris, son tan opacas que casi se confunden con las tinieblas. Me dan grima, me perturban y más que nada, me asustan.
Qué hay detrás de ellas, a dónde quieren llegar, a qué abismo pretenden hacernos caer.
Me pregunto si les dolerán las gargantas, si la lengua les sabrá a lata, si no les rechinarán los dientes. Esas palabras deben provocarles una erosión enorme en la parte del cerebro donde se formó el mensaje.
He puesto en silencio al mundo. Me niego a escuchar el odio y la ambición del que quiere ganar, a toda costa. Espero que en su caída se queden pegadas al suelo y que no reboten en los egos de la estúlticia porque eso nos haría mucho daño a todos.
Y, ojo, hasta yo debo tener cuidado con las palabras con las que pretendo volar, libre.

Me repito


De lejos llegaron los tejidos de lana, los lápices de colores, el cuaderno satinado. Traían el olor de aquellas tierras, el polvo y el desasosiego. Se apoderaron de la mesa y de mi mano. Sentada frente a ellos me mostraron los pies de los niños en la mina, las manos de las niñas sobre el barro en los alfares de ladrillo y los dedos en los gatillos fríos de las armas que nunca debieron empuñar. Sentí el frío de las noches, el calor de las siestas que no existen y los ojos, los ojos hambrientos de juegos y de cuentos. Los ojos sedientos de un hogar. Los ojos que miran buscando un lápiz y un cuaderno para que alguien un día les escriba otra historia. Una historia más digna. Y siento que otra vez repito la salmodia de los niños y las niñas que no tendrán otra historia que el oprobio y el miedo.
                              

Esperar que te quieran

Es tan absurdo pretender que te quieran, si no te quieren. Tan triste dar y dar y no recibir nada. Es tan duro no significar ni existir cuando de ti vienen y tanto quisiste.Tan duro esperar una llamada. Horas con la oreja puesta en el timbre de la puerta. Tardes enteras a la espera y, en escasas ocasiones, tan solo un cumplido amargo que hiere más que reconforta.
Cuál es la pregunta. Mejor no decir nada y seguir con la mirada perdida en la ventana esperando unos pasos que no llegan porque nunca les fue descubierto el camino ni la dirección donde habita, al menos, la obligación y el respeto a los ancestros a los que tanto debemos. ¿Qué les debemos? Ni mas ni menos que la vida. Poca cosa para los descariñados. Poca cosa la vida para los que desconocen su propio nombre. Poca cosa para las que no merecen cariño de nadie.

Latidos

Hay corazones de piedra. En ellos no es posible un pellizco de ternura. Hay corazones en los que palpitar es un ronquido sordo, arritmico, sin sangre. Nada mueve esos corazones, no hay bomba que los ponga en marcha. Funcionan como el péndulo, sin remedio, van y vienen sin sentir apenas. Nada los conmueve porque solo tienen que regar su cuerpo egocéntrico. Y los de al lado, los otros corazones, los que conviven en ese espacio incierto de la vida cerca de su sordo palpitar, esos, esos sufren arritmias porque no comprenden la dureza de un músculo hecho para dar vida, no saben qué hacer para cambiarle el ritmo y convertirlo en un tejido amable. Esos que añoran la armonía pueden detenerse en cualquier momento creyéndose culpables al no conseguir el amor suficiente para latir al unísono.

Blanco, verde, negro

Paso a paso camino en la mañana entre la niebla. Aterrizo de un viaje en el tiempo. Un tiempo adolescente que se vistió de años y distancia. Vengo con la maleta cargada de risas y canciones. Siento que soy otra vez yo, la de siempre. Se renovaron cada una de mis células. Es lo que tiene caminar sobre montañas de fuego y tocar las entrañas de un dragón. Hoy soy tierra nueva. 
Cabalgamos en la noche en Lanzarote y nos volvimos basalto y olivina. Somos las que siempre renacemos fuego. Como la lava que solidifica para convertirse en cueva de ensueño.
Somos verde sobre blanco. Blanco sobre negro. Un espejismo, hoy, somos. Mañana ya veremos.
(Mis niñas)

No se los llevó del todo

Y se fueron por el sendero frío que lleva a la eternidad. Ese lugar que no entendemos y en el que debe haber tanta gente. Nos dejaron una sima inmensa, profunda. Otro lugar al que no puede alcanzar la razón. Me pongo de puntillas frente a ese hueco inmenso y grito la soledad que nos dejaron. Un silbido helado asciende de las profundidaes en vez del eco. Ni siquiera él me responde. Pero la vida desde lo alto de un ciprés se agita, mueve la brisa de la sonrisa de un niño, chisporrotea una flama en el hogar y allí, entre el humo, los olores y algún sonido casi gaseoso, allí aparece la imagen fresca de un recuerdo de todo lo que fueron, de todo lo que amaron, de todo lo que dieron. Y siento como se van templando mis manos mientras acaricio los momentos que compartimos. Mientras sonrío porque aún son míos. Porque no se los llevó la muerte, no del todo.