Lobos

Hace mucho que sabemos, los que leemos cuentos, que los lobos son lobos, los conejos son conejos y los agujeros sirven para esconderse. Que si en un agujero cae un lobo y un conejo se acerca demasiado a él y presume de su suerte es fácil que resbale y caiga dentro y, entonces, ya se sabe.
Hace mucho tiempo que, los que leemos cuentos, no queremos otra cosa que cuidarnos de los lobos que acechan en los bosques del poder y que nos convencen con palabras seductoras de su amable amistad, de la puerta que abren con sus garras para cerrar después de un golpe con su cola de alimaña para comernos enteritos.
Hace mucho, mucho tiempo que, los que leemos, sabemos que los lobos de los cuentos son fantásticos y los de verdad son necesarios pero los del poder son devastadores y por eso hace mucho, mucho tiempo que no queremos parecernos a ellos, ni acercarnos, ni verlos.


Pintar la vida

Hace años escribía "si la realidad se pone gris, la pongo verde". Hoy muchos años después sigo sin saber hacerlo. Lo que parecía tal fácil con quince años ahora debe requerir unas dotes que, sin duda, no tengo. Sin embargo he aprendido que los días tienen mejor color si repites lo bueno. Que puede aparecer un arco iris si ves lo mejor en los demás. Que, si intentas pintar tu vida con el color que da la risa, aparecen motas de humor que al mezclarse con el gris se vuelven plateadas, del color de las estrellas. Así que "si la realidad se pone gris, brochazo". Creo que ya he conseguido un azul brillante y un rojo cereza. Y sigo... Mola.

Suma y sigue



Ni siquiera se cómo ha pasado ni cuánto tiempo ha transcurrido desde que estrené aquellos zapatitos de charol negro. No me voy a poner a contar cuántos zapatos he gastado en este aumentar de número ni cuántos kilos se han ido sumando a mi cintura. Tampoco me voy a poner estupenda con eso de que por dentro me sigo viendo como antes. No. Hoy me visto por los pies y nada ni nadie consigue restar peso a mis ilusiones.


En el límite de la ausencia



Ni siquiera se cómo ha pasado ni cuánto tiempo ha transcurrido desde que estrené aquellos zapatitos de charol negro. No me voy a poner a contar cuántos zapatos he gastado en este aumentar de número ni cuántos kilos se han ido sumando a mi cintura. Tampoco me voy a poner estupenda con eso de que por dentro me sigo viendo como antes. No. Hoy me visto por los pies y nada ni nadie consigue restar peso a mis ilusiones.


Será que sobrepaso con mucho los cincuenta



Nunca deberíamos permitirnos sufrir por los daños que pretenden causarnos la estupidez o la ambición de esos seres aburridos y medrosos, esos “donnosequés” que sólo son una mentira que crece porque se van subiendo en nuestros hombros. Cuánto sufrimiento inútil si te tocó estar cerca de ellos. Por eso hoy, de vuelta del pasado, he quemado algunos recuerdos en el hueco que dejó la herida que se hizo crónica hasta que sanó, en algún momento,  con el bálsamo de una continua indiferencia hacia ellos, esos seres de nada, esos nadas, esos. Esos que vuelven pero que ya no veo. Si toca sufrir, que no sea por ellos.

Doler el alma

Cuando no hay esperanza el dolor ya no duele. No duele porque no hay vida. La esperanza te da la valentía suficiente para seguir, si no hay esperanza te gana la cobardía y triunfa la rendición. El dolor no duele porque tu eres el dolor, ni vives ni sueñas. Cuando no hay esperanza la luz ha volado del día y por ti lo prefieres pues sólo deseas estar a oscuras, en la profundidad de una tristeza que sostiene la no vida que llevas. Cuando no hay esperanza la vida es la de los otros, una película que no entiendes. Yo conozco gente así y me duele su tristeza y la siento y me lamento por no ser capaz de regalarle un pellizco de luz, una posible solución que devuelva el dolor a su alma y comience a sentir que algo se mueve y agita su ¿vida? Daría tanto por eso. Daría tanto.

Heladas

Hay heladas que queman la planta que quieres pero olvidaste al raso. Hay hechos que te dejan helada.  Hay personas con corazones de hielo y hay hielos perpetuos que se deshacen porque no nos ocupamos de mantenerlos congelados para siempre. Y si, nos quedaremos helados cuando los hielos se derritan y este planeta al que tanto debemos nos abrase o nos ahogue. Una planta que muere a manos del frío de la noche es como un planeta que muere por el frío de nuestra desidia, la de todos y más la de ellos, hombres de hielo. Hoy miro estos árboles pintados de escarcha que nos darán sombra cuando llegue el estío. Hoy admiro su belleza helada y espero que sigan mucho tiempo ahí, sobre la tierra.