La pared de al lado


Vivo en un espacio casi mágico donde la luna juega con el agua  y las cintas de colores se alían con el barro para que el viento las mueva. Cada tarde nado en el fondo de mis sueños, despierto con los pies cubiertos de la arena del crepúsculo, me siento sobre sedas azules y bebo el jugo de los limones dulces del sosiego. Cuando viajo a través de las páginas del libro que sostengo me invade toda la paz que adorna estas tardes del verano, siento que rozo la felicidad, pero no es cierto. No, porque tengo un vecino que habita en la otra dimensión, justo al otro lado de la pared del paraíso y, como muchos de vosotros, la realidad suele tomar posesión de los momentos felices a poco que la muestres. Es lo que tiene no ser un Botín y rodear tu casa con un muro de silencio. A nosotros nos duran poco las ensoñaciones. Pues mira, yo insisto en montármelo a pesar del ruido molesto y cansino y disfrutaré de este pequeño rincón fabricado con el esfuerzo de mi realidad y la caricia de mis ilusiones.

                                      

Planes

Preparas un bote de pintura, brochas, fregona. Te disfrazas con la ropa más vieja a fin de no mancharte. Raspas, barres y a ello. Eres estupenda, te vas a sentir tan bien cuando contemples como  con unos buenos brochazos ya tienes tu garaje inmaculado. Solo tenías que abandonar esa desidia vacacional, esa pereza y cumplir con lo que te habías programado, en vacaciones pintar. Pero, de repente, compruebas que de la brocha te ha nacido una tormenta de pájaros verdes que vuelan hacia una luna que ha caído del cielo en un bosque de árboles azules. ¿Toda la mañana perdida? 
Es lo que tienen los planes del verano, van por libre y a mi esto del cálido verano me va.  Como la vida, a veces necesita darle alas y que vuele.

                    

Trabajos de esclavos

Necesito ponerle voz a los gritos silentes de los nuevos esclavos. Denunciar las cuerdas que los atan a contratos humillantes. Escribir en pancartas un eslogan que revele la infamia de la explotación que callan, que se traga la lengua y con ellas las palabras. Necesito cantar con miles de guitarras que el pueblo está sumido en falsas esperanzas, trabajo por miseria.  Denunciar que aún hay capataces y señores que viven porque otros callan y que mientras yo misma bien vivo, muchos más siguen humillados, indefensos y sin nadie que les ayude a romper sus ataduras. 
Tantas leyes para no cumplir la ley.

Nació la luz

Nació la luz y desaparecieron las palabras. El mundo se volvió algodón, las pisadas seda y, aun así, dejaban huellas, un sendero de estrellas de ganchillo tejido por las  eternas manos de mis abuelas.
Cuando nació la luz, las palabras huyeron, se escondieron en las grietas de mi piel escuchando atentas los susurros de los caminantes que pretendían alcanzar la luz, mi luz. Así, una a una, pisada a pisada se fueron cosiendo hasta formar un manto de colores que se elevó cubriendo el firmamento.
Se hizo un silencio de siglos mientras todas las manos de mis antepasados agitaban el toldo de estrellas hasta hacer llover versos. Versos libres. Tocaba recogerlos ahora uno a uno bajo una luz cegadora y con el rostro sumido en un mar de tinta, poco a poco, se escribió el poema.
Vuelta a la realidad, recuperé la voz. No. No fue un sueño.
Nació la luz para dejarme sin palabras.

El olor de la vida


Ayer olia a la plaza de mi infancia. A los árboles que nos daban juegos con hojas de gallo o gallina. A los coyotes que no eran animales y salían de neveras bajo el kiosko de la música. Olía a gente que paseaba arriba y abajo durante tres horas, en 20 metros o menos, cuando los fines de semana solo eran tardes de domingo. Olia a grupos de amigas que reían en los bancos de una iglesia ocupada por mujeres de negro susurrando oraciones, a un pueblo con sillas en las aceras y más mujeres de negro sentadas a las puertas de casas enjalbegadas por donde escapaba el frescor de los zaguanes hacia los cuarenta grados a la sombra. Mujeres que eran viejas siendo jóvenes. Ayer olia a anochecido, cuando a lo lejos se escuchaba la voz de un hombre cantando flamenco por sendas de luces amarillas que lo devolvían a su hogar, llevaba un pañuelo de hierbas en la cabeza y una oz en la mano, volvía a su casa contento aunque estaba muerto.
No era mejor aquel tiempo, pero también fue mi tiempo. Un espacio pequeño de aquella vida tan surrealista como comerse un coyote o jugar a adivinar géneros escurriendo las hojas en las manos mientras los novios se robaban besos bajo las cortinas y la fruta se descolgaba en las profundidades de los pozos.

Los libros que soy

Durante una semana he quitado el polvo de los libros que guardo en los anaqueles de la biblioteca de mi vida. Tantas lecturas se entremezclan, tantas horas comparten ese espacio, un tanto añejo de sus hojas, que me he sentido casi eterna. He pintado de blanco los estantes que alojan un tiempo de vivencias y viajes, de tardes y de noches. He pasado mis manos sobre ellos dulcemente, acariciando cada palabra, sintiendo cada frase que, aunque no recuerde, fueron mías y de ellos, los libros que guardo y que han escrito mi amor a la lectura, mis ansias de conocimiento, mis veranos e inviernos. Desde el primer cuento que recuerdo hasta el último texto que sostengo estos días entre mis manos, a todos, gracias por abrirme las puertas a tantos universos. Gracias por hacerme habitar en los espacios infinitos del pensamiento. A veces creo que ya soy uno de ellos.

Las mentiras

Lo que más me ofende de la mentira es el desprecio a la inteligencia de los demás. Creer que uno es tan estúpido que se tragará la falacia. Pensar que con su enredo oculta sus intenciones, sean cuales sean, y que el otro se quedará tan tranquilo. No dudo que hay quien consigue engañarnos pero, desde luego, lo frecuente es lo contrario y permanecemos en silencio haciéndonos los inocentes mientras por dentro nos sentimos tremendamente ofendidos por el menosprecio. Claro que también reconozco lo divertido que es ver el ridículo que hacen, siempre y cuando la mentira no nos perjudique, entonces cuidado, yo no me voy a dejar engañar. ¿Y tú?