El olor de la vida


Ayer olia a la plaza de mi infancia. A los árboles que nos daban juegos con hojas de gallo o gallina. A los coyotes que no eran animales y salían de neveras bajo el kiosko de la música. Olía a gente que paseaba arriba y abajo durante tres horas, en 20 metros o menos, cuando los fines de semana solo eran tardes de domingo. Olia a grupos de amigas que reían en los bancos de una iglesia ocupada por mujeres de negro susurrando oraciones, a un pueblo con sillas en las aceras y más mujeres de negro sentadas a las puertas de casas enjalbegadas por donde escapaba el frescor de los zaguanes hacia los cuarenta grados a la sombra. Mujeres que eran viejas siendo jóvenes. Ayer olia a anochecido, cuando a lo lejos se escuchaba la voz de un hombre cantando flamenco por sendas de luces amarillas que lo devolvían a su hogar, llevaba un pañuelo de hierbas en la cabeza y una oz en la mano, volvía a su casa contento aunque estaba muerto.
No era mejor aquel tiempo, pero también fue mi tiempo. Un espacio pequeño de aquella vida tan surrealista como comerse un coyote o jugar a adivinar géneros escurriendo las hojas en las manos mientras los novios se robaban besos bajo las cortinas y la fruta se descolgaba en las profundidades de los pozos.

Los libros que soy

Durante una semana he quitado el polvo de los libros que guardo en los anaqueles de la biblioteca de mi vida. Tantas lecturas se entremezclan, tantas horas comparten ese espacio, un tanto añejo de sus hojas, que me he sentido casi eterna. He pintado de blanco los estantes que alojan un tiempo de vivencias y viajes, de tardes y de noches. He pasado mis manos sobre ellos dulcemente, acariciando cada palabra, sintiendo cada frase que, aunque no recuerde, fueron mías y de ellos, los libros que guardo y que han escrito mi amor a la lectura, mis ansias de conocimiento, mis veranos e inviernos. Desde el primer cuento que recuerdo hasta el último texto que sostengo estos días entre mis manos, a todos, gracias por abrirme las puertas a tantos universos. Gracias por hacerme habitar en los espacios infinitos del pensamiento. A veces creo que ya soy uno de ellos.

Las mentiras

Lo que más me ofende de la mentira es el desprecio a la inteligencia de los demás. Creer que uno es tan estúpido que se tragará la falacia. Pensar que con su enredo oculta sus intenciones, sean cuales sean, y que el otro se quedará tan tranquilo. No dudo que hay quien consigue engañarnos pero, desde luego, lo frecuente es lo contrario y permanecemos en silencio haciéndonos los inocentes mientras por dentro nos sentimos tremendamente ofendidos por el menosprecio. Claro que también reconozco lo divertido que es ver el ridículo que hacen, siempre y cuando la mentira no nos perjudique, entonces cuidado, yo no me voy a dejar engañar. ¿Y tú?

¡Qué florezcan luciérnagas!

Llegó la primavera con fuerza de verano y con ella los falsos vendedores de futuro, este año multiplicados. Y apareció el ser siniestro bajo su capa de oveja a vender la ambición de una idea que ya solo es pasado y sacó su pezuña para mostrar debajo una garra milenaria.
Llegó la primavera y una alergia a este polen que no da más que gramíneas.
        Ojalá algún día florezcan luciérnagas en las cunetas para alumbrar los caminos de la razón.
Y que llueva, que llueva a cántaros.
Añoro tanto las flores.

Es invierno

He podado los rosales y las enredaderas. Me han arañado las espinas sin flores y algún que otro bicho ha jugado con mi pelo. No había golondrinas ni abejorros. Los tréboles arrasaban con sus verdes los  arriates resecos. Una babosa deshidratada y triste se ha colado entre las ramas que van llenando un saco desde donde viajarán a un destino incierto, aunque yo lo adivino de reencarnación. Es invierno, la vida se agita anunciando una primavera de brotes y colores. Me siento a contemplar el próximo verano que ya se dibuja en las yemas de cada una de estas plantas que me aportan tanta felicidad. Fijaos, tan poco y tan inmenso. Tan pequeño y tan gozoso momento de una tarde cualquiera.

Palabras como piedras

Hoy he oído palabras gruesas, palabras que no revolotean sino que caen como piedras. Salen de la boca a través de un gesto que atraviesa la pantalla de la televisión y me abofetean. Tienen un color gris, son tan opacas que casi se confunden con las tinieblas. Me dan grima, me perturban y más que nada, me asustan.
Qué hay detrás de ellas, a dónde quieren llegar, a qué abismo pretenden hacernos caer.
Me pregunto si les dolerán las gargantas, si la lengua les sabrá a lata, si no les rechinarán los dientes. Esas palabras deben provocarles una erosión enorme en la parte del cerebro donde se formó el mensaje.
He puesto en silencio al mundo. Me niego a escuchar el odio y la ambición del que quiere ganar, a toda costa. Espero que en su caída se queden pegadas al suelo y que no reboten en los egos de la estúlticia porque eso nos haría mucho daño a todos.
Y, ojo, hasta yo debo tener cuidado con las palabras con las que pretendo volar, libre.

Me repito


De lejos llegaron los tejidos de lana, los lápices de colores, el cuaderno satinado. Traían el olor de aquellas tierras, el polvo y el desasosiego. Se apoderaron de la mesa y de mi mano. Sentada frente a ellos me mostraron los pies de los niños en la mina, las manos de las niñas sobre el barro en los alfares de ladrillo y los dedos en los gatillos fríos de las armas que nunca debieron empuñar. Sentí el frío de las noches, el calor de las siestas que no existen y los ojos, los ojos hambrientos de juegos y de cuentos. Los ojos sedientos de un hogar. Los ojos que miran buscando un lápiz y un cuaderno para que alguien un día les escriba otra historia. Una historia más digna. Y siento que otra vez repito la salmodia de los niños y las niñas que no tendrán otra historia que el oprobio y el miedo.