Me repito


De lejos llegaron los tejidos de lana, los lápices de colores, el cuaderno satinado. Traían el olor de aquellas tierras, el polvo y el desasosiego. Se apoderaron de la mesa y de mi mano. Sentada frente a ellos me mostraron los pies de los niños en la mina, las manos de las niñas sobre el barro en los alfares de ladrillo y los dedos en los gatillos fríos de las armas que nunca debieron empuñar. Sentí el frío de las noches, el calor de las siestas que no existen y los ojos, los ojos hambrientos de juegos y de cuentos. Los ojos sedientos de un hogar. Los ojos que miran buscando un lápiz y un cuaderno para que alguien un día les escriba otra historia. Una historia más digna. Y siento que otra vez repito la salmodia de los niños y las niñas que no tendrán otra historia que el oprobio y el miedo.
                              

Esperar que te quieran

Es tan absurdo pretender que te quieran, si no te quieren. Tan triste dar y dar y no recibir nada. Es tan duro no significar ni existir cuando de ti vienen y tanto quisiste.Tan duro esperar una llamada. Horas con la oreja puesta en el timbre de la puerta. Tardes enteras a la espera y, en escasas ocasiones, tan solo un cumplido amargo que hiere más que reconforta.
Cuál es la pregunta. Mejor no decir nada y seguir con la mirada perdida en la ventana esperando unos pasos que no llegan porque nunca les fue descubierto el camino ni la dirección donde habita, al menos, la obligación y el respeto a los ancestros a los que tanto debemos. ¿Qué les debemos? Ni mas ni menos que la vida. Poca cosa para los descariñados. Poca cosa la vida para los que desconocen su propio nombre. Poca cosa para las que no merecen cariño de nadie.

Latidos

Hay corazones de piedra. En ellos no es posible un pellizco de ternura. Hay corazones en los que palpitar es un ronquido sordo, arritmico, sin sangre. Nada mueve esos corazones, no hay bomba que los ponga en marcha. Funcionan como el péndulo, sin remedio, van y vienen sin sentir apenas. Nada los conmueve porque solo tienen que regar su cuerpo egocéntrico. Y los de al lado, los otros corazones, los que conviven en ese espacio incierto de la vida cerca de su sordo palpitar, esos, esos sufren arritmias porque no comprenden la dureza de un músculo hecho para dar vida, no saben qué hacer para cambiarle el ritmo y convertirlo en un tejido amable. Esos que añoran la armonía pueden detenerse en cualquier momento creyéndose culpables al no conseguir el amor suficiente para latir al unísono.

Blanco, verde, negro

Paso a paso camino en la mañana entre la niebla. Aterrizo de un viaje en el tiempo. Un tiempo adolescente que se vistió de años y distancia. Vengo con la maleta cargada de risas y canciones. Siento que soy otra vez yo, la de siempre. Se renovaron cada una de mis células. Es lo que tiene caminar sobre montañas de fuego y tocar las entrañas de un dragón. Hoy soy tierra nueva. 
Cabalgamos en la noche en Lanzarote y nos volvimos basalto y olivina. Somos las que siempre renacemos fuego. Como la lava que solidifica para convertirse en cueva de ensueño.
Somos verde sobre blanco. Blanco sobre negro. Un espejismo, hoy, somos. Mañana ya veremos.
(Mis niñas)

No se los llevó del todo

Y se fueron por el sendero frío que lleva a la eternidad. Ese lugar que no entendemos y en el que debe haber tanta gente. Nos dejaron una sima inmensa, profunda. Otro lugar al que no puede alcanzar la razón. Me pongo de puntillas frente a ese hueco inmenso y grito la soledad que nos dejaron. Un silbido helado asciende de las profundidaes en vez del eco. Ni siquiera él me responde. Pero la vida desde lo alto de un ciprés se agita, mueve la brisa de la sonrisa de un niño, chisporrotea una flama en el hogar y allí, entre el humo, los olores y algún sonido casi gaseoso, allí aparece la imagen fresca de un recuerdo de todo lo que fueron, de todo lo que amaron, de todo lo que dieron. Y siento como se van templando mis manos mientras acaricio los momentos que compartimos. Mientras sonrío porque aún son míos. Porque no se los llevó la muerte, no del todo.

El pañuelo de seda

Quise enmarcar un pañuelo de seda de mi abuela para adornar el salón de mi casa nueva. Ya va para veinte años y aún no encontré el marco que mereciera robarle la posibilidad de agitarse con el viento o mojarse con la lluvia.
Nunca la vi a ella tocada con él y es posible que esa sea la razón por la que quiere el pañuelo permanecer preso en el cajón. No sirvió nunca para lo que estuvo destinado y no hay peor destino que el que no llega.
Aunque, bien pensado, puede que este que ahora lo rescata y lo hace protagonista de estas letras sea para lo que siempre estuvo destinado, traer hoy hasta aquí el color lila que tanto gustaba a mi abuela y que pintado estaba en los bordes de la seda.

El hilo de seda rojo

Entre las hojas del libro que leo, he dejado un hilo de seda rojo.
Habla el libro de los lazos que se van rompiendo en la vida, de la nostalgia, del amor insuficiente, del arrepentimiento y de sobrevivir.
El hilo de seda rojo relata un tiempo de intimidades, cuenta una historia de estíos, de estirar la vida, de amar.
Ni el libro habla de mi ni la seda habla del libro.
Pretendo que el hilo se quedé allí para que alguien, algún día, se pregunte quién dejó aquel rastro rojo entre las letras impresas. Qué historia quiso contar. Que se detenga a pensar, que se cuente así mismo una historia, que siga tirando del hilo que un día yo puse allí.
Había una vez un hilo de seda roja, entre las páginas de un libro.