Ahora

 En el momento justo que decidí parar, en el instante que comencé a no esperar, en ese instante volví a la paz. No del todo, hay muchas incertidumbres, pero fluyó la savia renovada y llegó a cada parte de mi naturaleza. Volvieron los colores, las sensaciones y poco a poco desaparecieron los temblores de ese seísmo que desmoronaba hasta la última de mis neuronas. Es ahora, hoy, este instante, lo que venga será mañana y eso será otro día y otra circunstancia y entonces, entonces iré  a por todas otra vez. No hay mayor esperanza que la de no desesperar.  ¿Te apuntas?



Retales

Tengo guardados retales de casi todas las telas que han ido vistiendo mi existencia. A veces confecciono cosas combinando colores, texturas, estampados. Cuando veo esas labores me vienen los recuerdos. No siento nostalgia sino cierto regocijo al revivir las sensaciones felices o incómodas que me producían. Aquel resto de falda, el bolsillo del pijama, la manga de la camisa aquella tan horrible, seguro que para algo han de servir, sonrío y vuelvo a guardar esos trocitos en una bolsa. Unas gotas de colonia para que huelan bien, un lazo de seda como cierre y una certeza. Nuestro presente se viste cada día de nuevo pero en el fondo todos estamos hechos de retales. Abre tu bolsa y cose para ti algo bonito, en el futuro lo agradecerás.  


Aquel mar de mi tierra


 Se movía y sonaba aquel mar de espigas, verde o amarillo y zarandeado por el viento se tumbaba, a veces, hasta que una hoz lo cortaba y desaparecía para bañar de sueños las cámaras donde yacía en el otoño. Durante muchos años esperaba contemplar sus olas de mies al ir concluyendo la primavera, ahogarme en verano con sus efluvios, y si, presumía de un mar de cereal agitándose a los pies del malecón.

Se acabó el mar y con él la ilusión de contemplar las mareas lejos de la costa. Se acabó el mar de trigo o de centeno y con aquellos días se fue perdiendo también la confianza en lo que persiste, la seguridad que confiere la esperanza de volver a ver. Se terminó creer que es posible un mar en plena Mancha igual que se terminó creer que los elegidos están para que broten primaveras. 

Ayer

 Ayer queríamos ser hoy y no borrar los días. Hoy quisiera ser ayer, un ayer de un año y cambiar casi todos los hoy que llegaron sin esperarlos. Mañana quiero que pase rápido y cada una de las mañanas hasta que llegue una en la que pueda querer quedarme sin pasar de día. Pero ahora, aunque me empeñe, hiervo en deseos por poner fin a este estado en el que me siento tran extraña de mi, tan lejos de mi, tan fuera de mi. Aunque sé, estoy segura, que ayer será por fin solo un recuerdo y que solo recordaré los buenos. Os esperaré esa mañana que deseo tanto como vosotros para sentirme como soy.


                                       

   




No quiero ser una estrella

Es tan fácil sentirse universo con solo mirar al cielo y ver el abismo cósmico que cubre el manto de estrellas que, si uno quiere, la felicidad que un gato tiene en lo alto del tejado puede ser suya. Y es que la noche, la luna, las estrellas, el cielo, la galaxia, ese infinito que se nos escapa nos absorbe a todos, nos hace unidad, nos reduce a nada y a la totalidad de ser, de pertenecer a un lugar interplanetario, inabarcable. Por ello, no acabo de entender el porqué de la falta de acuerdos, que no se sumen esfuerzos, que no exista una responsabilidad compartida, que tú no pienses en él, en ellas, ni en ti. Qué ganas de gritar a tanta gente que despierte y salga de su egocentrismo. Formamos parte del cosmos, del planeta tierra, somos nación, pueblo, humanidad y a veces animal, menos mal que piedra no somos la mayoría y que al menos nos queda la ilusión de que al llegar cada noche muchos nos sentimos, si no felices, tranquilos, universales. Pero atención, estrella aún no queremos ser, ya sabéis...
                                                    

Disfrutar la vida

He preparado hoy la vida para disfrutarla. Dos camas y un colchón en el suelo, unos libros y cuatro o cinco juegos. Unos muñecos, perfumes, cojines de colores y sábanas bordadas. Los cristales brillantes, las baldosas también. Ni una mota de polvo, todo bien colocado y una lágrima deslizándose silenciosa por mi mejilla. Hace tanto que no pongo la casa a la medida de sus vidas, hace tanto que no reúno en ella presencia y existencia que no cabe más esperanza que la desesperanza vivida para sentir la alegría del reencuentro y de tener a ese niño sentado arrancando la sonrisa a esta vida que he preparado, hoy, para disfrutarla. Sin medida.
     

La noche

Se cuela la noche por el borde de luz de una luna menguante, se hace gigante y, en la vigilia eterna que me acuna, me sorprende entre un sueño sin rumbo y una pesadilla errante. La descubro vestida de galaxias, majestuosa. Sigilosamente adelanto mi cuerpo de algodón. No la temo. Tengo que adentrarme en ella y, agarrada a la cuerda verde de la enredadera donde habitan centenares de avispas, trepo hasta llegar al vértice lunar. De puntillas sobre un cráter consigo asomarme a la rendija cósmica de un lucero y allí están: la casa, el jardín, la ventana, la cama, y sobre ella, yo misma, durmiendo por fin a pesar de la noche.