En el límite de la ausencia

Irse cuando toca. Partir cuando no quieres quedarte. Salir de, cuando llega el momento o cuando no puedes más. En algún momento todos nos vamos y siempre queda el vacío que deja nuestra ausencia. Lo malo no es partir, lo malo no es irte para siempre, lo malo es quedarse al borde del hueco sombrío del que parte. Lo doloroso es sentir la ausencia y el vacío de ese ser al que tenías en tu vida y se ha marchado. Ahí estamos todos alguna vez. Duele la partida y duele la ausencia y nos sentamos al lado del que queda, al lado justo del límite que marca la salida hacia el infinito no estar. Nos quedan los días felices del tiempo que compartimos, las miradas y sonrisas. No todo se ha ido.

Será que sobrepaso con mucho los cincuenta



Nunca deberíamos permitirnos sufrir por los daños que pretenden causarnos la estupidez o la ambición de esos seres aburridos y medrosos, esos “donnosequés” que sólo son una mentira que crece porque se van subiendo en nuestros hombros. Cuánto sufrimiento inútil si te tocó estar cerca de ellos. Por eso hoy, de vuelta del pasado, he quemado algunos recuerdos en el hueco que dejó la herida que se hizo crónica hasta que sanó, en algún momento,  con el bálsamo de una continua indiferencia hacia ellos, esos seres de nada, esos nadas, esos. Esos que vuelven pero que ya no veo. Si toca sufrir, que no sea por ellos.

Doler el alma

Cuando no hay esperanza el dolor ya no duele. No duele porque no hay vida. La esperanza te da la valentía suficiente para seguir, si no hay esperanza te gana la cobardía y triunfa la rendición. El dolor no duele porque tu eres el dolor, ni vives ni sueñas. Cuando no hay esperanza la luz ha volado del día y por ti lo prefieres pues sólo deseas estar a oscuras, en la profundidad de una tristeza que sostiene la no vida que llevas. Cuando no hay esperanza la vida es la de los otros, una película que no entiendes. Yo conozco gente así y me duele su tristeza y la siento y me lamento por no ser capaz de regalarle un pellizco de luz, una posible solución que devuelva el dolor a su alma y comience a sentir que algo se mueve y agita su ¿vida? Daría tanto por eso. Daría tanto.

Heladas

Hay heladas que queman la planta que quieres pero olvidaste al raso. Hay hechos que te dejan helada.  Hay personas con corazones de hielo y hay hielos perpetuos que se deshacen porque no nos ocupamos de mantenerlos congelados para siempre. Y si, nos quedaremos helados cuando los hielos se derritan y este planeta al que tanto debemos nos abrase o nos ahogue. Una planta que muere a manos del frío de la noche es como un planeta que muere por el frío de nuestra desidia, la de todos y más la de ellos, hombres de hielo. Hoy miro estos árboles pintados de escarcha que nos darán sombra cuando llegue el estío. Hoy admiro su belleza helada y espero que sigan mucho tiempo ahí, sobre la tierra.

Árboles en el solsticio de invierno

Hoy he compartido un árbol de Navidad que una compañera ha hecho con libros de su biblioteca. Un hermoso árbol repleto de palabras escritas en las hojas que cuentan. Yo he puesto uno en casa adornado con luces que iluminen el camino de vuelta de los míos y de los vuestros. Y entre muchos estamos cargando otro de deseos que tienen que ver con el compromiso, con aprender qué es el amor, qué es renacer un año más, aprender a mirar dentro de nosotros y fuera y entender qué es realmente lo que cuenta para plantarlo en medio de la plaza del pueblo, como hacemos desde hace años. Ese árbol pretende iluminar esas oscuras mentes que aún no encuentran el camino para que todos podamos vivir en paz. Si ellos quisieran habría muchos niños y mujeres, hombres y niñas que pasearían tranquilamente por su ciudad. Por ejemplo por Alepo.

                                                                         
                                         


Bolsillos

De pequeña me gustaban los bolsillos de los mandiles de mis abuelas. Meter la mano hasta dentro para encontrar algo: una cristalina, una moneda de dos reales o de dos cincuenta... Lo que sacara de ese pozo oscuro y mágico era lo de menos, lo de más era imaginar qué sería. Tesoros de la infancia que hoy siguen siéndolo porque se necesitan mapas para ser encontrados. Los bolsillo, la mágia de un sueño que recorre una tela negra  envuelta en un sentimiento de ternura y protección. Las abuelas, los cuentos escuchados sentada en ellas, en una o en otra. Sus olores a colonia y a cocina calentita. Mis abuelas y sus bolsillos han querido volver a mi a devolverme la esencia del amor. Han vuelto, esta tarde de casi no invierno, a mostrarme su existencia permanente en el fondo del bolsillo de mi vida.
 

Me enseñaron

Me enseñaron que mentir era malo, también robar. Mas hacer lo último y después negarlo. Y peor no arrepentirse y seguir en ello. Me enseñaron que no tenía que fiarme de los mentirosos, que recelará de los que quisieran envolverme con sus halagos y que desconfiara de todos los que quisieran comprarme. Me aconsejaron cumplir con mis deberes ciudadanos y ser solidaria. Que siempre leyera hasta la letra pequeña cuando me extendieran un contrato, del tipo que fuera y que no me dejara comprar, insistieron,  no a cualquier precio, a ninguno. Menos mal que a mi edad sigo haciéndome preguntas, que no tengo certezas y que conozco el valor de los cuentos porque si no ¿Qué sería de mi? Si, menos mal que en este bosque de lobos hay otras criaturas.