Heladas

Hay heladas que queman la planta que quieres pero olvidaste al raso. Hay hechos que te dejan helada.  Hay personas con corazones de hielo y hay hielos perpetuos que se deshacen porque no nos ocupamos de mantenerlos congelados para siempre. Y si, nos quedaremos helados cuando los hielos se derritan y este planeta al que tanto debemos nos abrase o nos ahogue. Una planta que muere a manos del frío de la noche es como un planeta que muere por el frío de nuestra desidia, la de todos y más la de ellos, hombres de hielo. Hoy miro estos árboles pintados de escarcha que nos darán sombra cuando llegue el estío. Hoy admiro su belleza helada y espero que sigan mucho tiempo ahí, sobre la tierra.

Árboles en el solsticio de invierno

Hoy he compartido un árbol de Navidad que una compañera ha hecho con libros de su biblioteca. Un hermoso árbol repleto de palabras escritas en las hojas que cuentan. Yo he puesto uno en casa adornado con luces que iluminen el camino de vuelta de los míos y de los vuestros. Y entre muchos estamos cargando otro de deseos que tienen que ver con el compromiso, con aprender qué es el amor, qué es renacer un año más, aprender a mirar dentro de nosotros y fuera y entender qué es realmente lo que cuenta para plantarlo en medio de la plaza del pueblo, como hacemos desde hace años. Ese árbol pretende iluminar esas oscuras mentes que aún no encuentran el camino para que todos podamos vivir en paz. Si ellos quisieran habría muchos niños y mujeres, hombres y niñas que pasearían tranquilamente por su ciudad. Por ejemplo por Alepo.

                                                                         
                                         


Bolsillos

De pequeña me gustaban los bolsillos de los mandiles de mis abuelas. Meter la mano hasta dentro para encontrar algo: una cristalina, una moneda de dos reales o de dos cincuenta... Lo que sacara de ese pozo oscuro y mágico era lo de menos, lo de más era imaginar qué sería. Tesoros de la infancia que hoy siguen siéndolo porque se necesitan mapas para ser encontrados. Los bolsillo, la mágia de un sueño que recorre una tela negra  envuelta en un sentimiento de ternura y protección. Las abuelas, los cuentos escuchados sentada en ellas, en una o en otra. Sus olores a colonia y a cocina calentita. Mis abuelas y sus bolsillos han querido volver a mi a devolverme la esencia del amor. Han vuelto, esta tarde de casi no invierno, a mostrarme su existencia permanente en el fondo del bolsillo de mi vida.
 

Me enseñaron

Me enseñaron que mentir era malo, también robar. Mas hacer lo último y después negarlo. Y peor no arrepentirse y seguir en ello. Me enseñaron que no tenía que fiarme de los mentirosos, que recelará de los que quisieran envolverme con sus halagos y que desconfiara de todos los que quisieran comprarme. Me aconsejaron cumplir con mis deberes ciudadanos y ser solidaria. Que siempre leyera hasta la letra pequeña cuando me extendieran un contrato, del tipo que fuera y que no me dejara comprar, insistieron,  no a cualquier precio, a ninguno. Menos mal que a mi edad sigo haciéndome preguntas, que no tengo certezas y que conozco el valor de los cuentos porque si no ¿Qué sería de mi? Si, menos mal que en este bosque de lobos hay otras criaturas. 


                                            

Caras de mil colores

Dibujo mil rostros y miradas por donde poder adentrarme en los secretos de la vida. Ponerme en el lugar de los que piensan diferente. Percibir los colores a través de sus retinas. Alcanzar a sentir lo que ellos sienten. Dibujo mil caras serias o felices, de todos los colores, para mirar el mundo desde todos los puntos de vista y siempre, cuando consigo identificarme con alguna, vuelve a aparecer tras la punta de mi lápiz otra cara con otra mirada y con otro color y entonces vuelvo a ponerme en el lugar de ella y por fin comprendo que todas son yo misma intentando comprender lo incomprensible. Pero no importa porque yo sé quién soy y no dejaré de pintar para respetar lo que tu eres. Seas quién seas.
                                                      

Vainicas y dobladillos

Recuerdo las tardes de verano cuando era niña. Mi abuelita y mi madre me enseñaban a coser vainicas, dobladillos, punto de cruz y yo, a regañadientes, aprendía que eso no lo quería para mi. Prefería entonces bañarme en la laguna o sentarme a leer en los escalones de la escalera, tan fresquita. Ellas se empeñaron en hacer de mi una mujer de mi casa y yo, una mujer independiente.  Durante el curso estudiaba, siempre me gustó aprender, además teniendo buenas notas podía negociar unas vacaciones mas a mi gusto.  Hoy me felicito porque he comprendido que lo uno no restaba de lo otro sino que se puede estudiar, se puede coser y podemos divertirnos bañándonos con las amigas. Ay aquellos veranos, ahora me permiten descansar cosiendo árboles con lápices de colores y divirtiéndome sin poner los pies en la calle. Todo es posible cuando has aprendido la lección, la que nos enseñan esas fantásticas maestras. 

                              

Familia

Hay momentos que hacen de la vida el lugar soñado y casi siempre sucede cuando percibes el amor a tu alrededor. Hay días en los que se van sumando sensaciones que ponen el corazón patas arribas, en los que sientes la suerte que tienes con tu familia. Hay días que son como mañanas de domingo y hoy mis padres también me han mirado como si aún fuera su niña, así que guardaré estas semanas junto al faro que alumbra la costa de los días que una parece ir a la deriva. Voy a guardar este comienzo de mayo y votaré por él, por los míos cuando llegue el momento, y me coronaré reina de mi casa porque no hay mayor triunfo que sentirse querida.