Zoos

Me llevaron al zoo siendo muy pequeña, era entonces la estrella un elefante al que le dábamos mondas de naranja. Se llamaba Perico, yo era una fierecilla que no quiso volver nunca más allí, me dio tanta pena. Desde entonces se convirtieron en mis animales favoritos y a lo largo de los años han seguido gustándome mucho los cuentos que hablan de ellos. Son tan grandes y tan frágiles. Los capturan y después de sufrir destierro y soledad son expuestas sus lindezas una vez han sido amaestrados. Faltos de libertad, sometidos al amo, no escaparían si les abrieran las cadenas. Si leéis "El elefante encadenado" entenderéis.

No se si es por este verano calenturiento que veo a un pretencioso domador de voluntades intentando amarrar bien fuerte la estaca a la que ha quedado atado por las cadenas de sus intereses y su narcisismo.  También veo que nosotras " las fieras" no nos dejamos someter ni con un gajo de naranja aunque es sorprendente que hay muchas que prefieren la jaula. Esta tarde se ha levantado viento, refresca y yo me dispongo a dar un paseo con la rana, la gallina, el elefante y el escarabajo mientras alguien nos observa.¿Qué estará pensando?














 
 

El estreno


 Estaba sentada pensando en casi todo, todo lo que me ocupaba y, de repente, se congeló la imagen y lo que tanto era se quedó en nada. Pasan los asuntos a otras manos, el tiempo no necesita ya una alarma ni la ropa precisa pensarse. Las calles por años recorridas se irán volviendo ajenas mientras la casa me toma la medida. Ahora me deleito contemplando el color de los días, sintiendo el devenir de las horas leyendo a Maggie O'Farrell,  escribiendo en la calma de la tarde, sopesando la suerte de contar con mi vida  cada segundo del giro de la tierra en este verano en el que los proyectos no requieren más programación que degustar lo que quiera que traiga el otoño. Y  me sorprendo cantarina, bailando de puntillas como cuando de niña soñé con ser artista. 
Descanso al fin entre las bambalinas de este escenario. Vuelvo a estrenar y ahora ya, sin público.









Linternas

                                                               

 Necesitaba el sabio una linterna para encontrar un hombre. Hubo un siglo en el que la razón iluminó el mundo y le hizo renacer. El conocimiento les llevó al progreso y les redimió del  oscurantismo y la barbarie, en realidad no a todos porque hubo naciones que prefirieron apagar las farolas que aclaraban las ideas dejándose llevar por la tradición y las artimañas de los poderosos dueños de la candela. Hubo, por cierto, en esos lares un paso atrás y perdieron años de derechos y bonanzas, de ilustración. Siguió el pueblo siendo analfabeto y desleído porque se amotinaron precisamente esos, los mismos que siempre  se dejan engañar por nacionalismos recurrentes. Hubo hace mucho un sabio que buscaba un hombre entre los que se llamaban hombres portando una linterna. Necesitamos hoy una luz potente que ilumine este camino tan oscuro donde hay  lobos al acecho.